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Catarsis de Destrucción 53

Y, para nosotros los poetas suicidas, incluso el suicidio tiene algo más vivificador que la vida misma; es casi como un catártico renacimiento en un confuso más allá, en un plano desconocido donde por fin podemos ser nosotros mismos y no simples marionetas del azar.

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Cuando la depresión se convierte en parte de nuestra absurda rutina, es entonces cuando la vida y la muerte se tornan indiferentes.

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Lo que pensaba era que aquellos breves momentos de escasa tranquilidad y aquellos delirantes simulacros de efímera felicidad no podrían de ningún modo justificar todo el desconsuelo y la angustia que experimentaba al existir. Nada, de hecho, podría hacerlo jamás: ni dios, ni la muerte y ni mucho menos el amor.

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Ya ni siquiera sabía cómo se sentía la compañía de alguien, pues llevaba tanto tiempo odiándome en soledad que había terminado por acostumbrarme a una especie de misantropía sumamente extraña y suicida, pero también muy placentera; acaso más placentera que volver a enamorarme o que volver a alucinar con cortarme las venas…

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Las fotografías de mi alma han perdido el color, ahora solo me resta acabar conmigo y sellar así los versos de un inmundo pecador. Finalmente, toda mi tristeza se evaporará en un lamento final impregnado de toda la náusea que siempre sentí al contemplar el mundo, a la humanidad y a mí mismo. Ni hablar, esta noche todo habrá terminado y el infinito cúmulo de nostálgicos cromatismos en mi corazón por fin habrá alcanzado su lúgubre redención.

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El mundo es horrible, de eso no me cabe la menor duda. Pero el ser, por lo visto, siempre se empeña en hacerlo aún mucho peor; tanto para sí mismo como para los otros. La existencia, así pues, es únicamente un pantano de amargura parapetada en cualquier parte y siempre mucho peor de lo que podríamos colegir. Nosotros, ciertamente, no tenemos nada más que hacer aquí sino lamentarnos por haber nacido y enloquecer ante la siniestra posibilidad de que jamás llegaremos a matarnos.

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Catarsis de Destrucción


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