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Desgracia

La muerte ya rondaba con lúgubre impaciencia en los alrededores, esperando con confianza a que abandonara aquel antro desolado donde me pudría cada viernes en compañía de bebedores, prostitutas y juegos sombríos… Coqueteaba con ella, me gustaba sentir su abrazo hasta cierto punto, pues me hacía sentir menos humano, menos miserable, menos torturado por una existencia vacía y carente de todo sentido. La mundanidad, empero, no se iba del todo, sino que retornaba y extendía sus alas fulgurantes sobre mi silueta magullada para vomitarme en una sociedad acabada y conminada a la extinción. ¿Qué sería de mí sin ese dulce aroma que solo la muerte podía emanar? ¿Dónde hallaría nuevamente algún temporal refugio lejos de la estupidez y la absurdidad del mundo humano? Era evidente que estaba destruido, que ningún elíxir bastaría para devolverme mi locura iridiscente. Todo terminaría pronto: cada lamento, tristeza, miseria, llanto, dolor, sonrisa, alegría o desgracia.

Y vivía, si es que lo hacía, sumergido en un abismo insondable de eternas contradicciones, en un océano negro de pesadumbre y extrema desesperación. ¡Qué agonía existir! ¡Qué tontería era pensar que algo de lo que hacía sería relevante! Al fin y al cabo, siempre uno necesitaba autoengañarse un poco (o mucho) para creer que la vida tenía un sentido. Pero ¿qué les esperaba a aquellos idiotas que, en su sensatez, ya no podían engullir sus propias mentiras? La falacia de la vida no era por más tiempo permitida, pues sabía sumamente mal. Entonces solo la muerte quedaba; sí, solamente el encanto suicida era lo único a lo que podía aferrarme y que podía complacer un poco mi atenuante debilidad. Mas el reloj continuaba su paso y mis pensamientos se derretían sobre los murmullos de un melancólico anochecer más en el que, por desgracia, no me mataría. La luz de otro desdichado amanecer me encontraría nuevamente con vida; nuevamente harto de todo y de todos, de mí mismo principalmente.

No había ya forma de detener tanta incertidumbre ni tampoco de mitigar el hartazgo que experimentaba al salir a las calles y mirar a toda esa gente adoctrinada, consumista, materialista y egoísta; todos brutalmente engañados, empalagados de tanto sinsentido y grotesco deleite carnal y material. Al final, todos los humanos eran iguales: mentían siempre y estaban ansiosos de las cosas más terrenales. ¿También yo? ¡Santo cielo, por supuesto que si! Las precauciones debían ser extremas, ya que no podía tolerar seguir existiendo en un mundo como este: tan corrompido y absurdo, tan asquerosamente diseñado por algún demente cósmico. Y la pseudorealidad continuaría creciendo, devorando los sentimientos y carcomiendo el interior de todos sus fieles y devotos esclavos. ¿Cómo escapar de esta cárcel inmunda y atroz, de este pandemónium de extrema insensatez? ¿Hasta cuándo finalmente vendría la muerte para envolverme entre su cálida y perfecta fragancia? Debía ser hoy, pero no; hoy tampoco era el día más feliz ni el tiempo más agradable. Por desgracia, aún sigo con vida.

***

Caótico Enloquecer


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