Es extraño que los humanos peleen por imponer una religión o una creencia cualquiera, y más brutal resulta el número de guerras que surgen entre manos siniestras que manipulan a las masas para simular cierto espectro de creencias o credos que mantengan el nuevo orden de esclavitud.
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Tan complejo parece ser elegir ante qué ser imaginario arrodillarse y no lo entiendo, puesto que todos se han sometido tan ominosamente ante el falso dios; ese que ha demostrado ser más efectivo para imponer un aciago reino en este camposanto patético. Y ¿cuál será este falso dios? El único que alguna vez ha podido hacer creer a los muertos que estaban vivos, aquel por el que todo esto carece de sentido, ese con el poder de arruinar cualquier destino: el holograma de la pseudorealidad.
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No siempre se cumple lo que uno quiere, esa es una máxima en la vida. Por ejemplo: yo no quería existir y, sin embargo, creo que aún intento convencerme de que eso hago…
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Resulta emocionante que los humanos se alegren por haber finalizado sus estudios, pues con ello se completa el moldeamiento al que han sido sometidos desde años atrás sin que siquiera lo sospechen. Además, así inicia la auténtica esclavitud de la cual la escuela era solo una probada: el trabajo. Poco a poco, nuestra alma se irá desvaneciendo y nuestra energía será consumida por la ominosa pseudorealidad hasta que no quede nada en nosotros para continuar… Entonces finalmente conoceremos la culminación de nuestro trágico destino y de todos los símbolos que misteriosamente adornaron nuestros fatales desvaríos… Pues entonces habremos de arrojarnos con incipiente felicidad a los brazos de la muerte y agradecer que nuestro tormento sea ahora devorado por el vacío multicolor. ¿Qué fue todo sino un sueño enloquecedor en el cual nos sumergimos sin sentido y con el corazón roto?
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Ahora viene el paso fundamental para que este mundo anodino continúe su (in)feliz camino hacia la putrefacción infinita y la miseria eterna: el individuo debe trabajar sin descanso para satisfacer todos los vicios inculcados en su psique y creer que es feliz en su infame adoctrinamiento; luego, buscará casarse, contaminar con las mismas patrañas a sus nauseabundos hijos, perseguir materialismo y dinero, fornicar como un cerdo, mirar televisión… Y, en fin, ser cada vez más corrompido por la todopoderosa pseudorealidad… Y así, repetir esto mismo y de mejor manera, hasta la muerte. Hasta que sea demasiado tarde para mirar en nuestro interior y creer que es posible reconocer en nuestro rostro algo más que un trivial impostor de lo divino y un escéptico del destino. En mentiras ha sido esculpida nuestra supuesta personalidad y en cada acertijo sombrío volveremos a lamentarnos de cada palabra desperdiciada en los recovecos de la insania. No hemos hecho sino comenzar nuestra ruina, una de la cual se ríen todos los bufones del ayer y los dementes del mañana.
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Cada vez es más claro para mí que nada de este mundo triste y enfermo tiene el más mínimo sentido, pero es normal que las personas no lo perciban así; es, incluso, ideal… De otro modo, todas las mentiras que nos han metido tan majestuosamente en la cabeza desde nuestro execrable nacimiento caerían por el enorme sinsentido que simbolizan; y, con ello, todo este sistema de porquería y sus misteriosas falacias se derrumbaría sin duda alguna. Tal utopía es, empero, la única forma de libertad que yo concebiría. Pero el ser jamás llegará a tal estado, porque está condenado desde el comienzo y porque siempre resulta más fácil y cómodo creer en las ideologías impuestas por otros que reconocer nuestra propia oscuridad interna. Finalmente, nada aterra más al ser que ser absolutamente libre; porque esto implica, asimismo, quedarse complemente solo y mirar de frente la horrible realidad. Creo que casi nadie está preparado para eso, ¿nosotros lo estamos? Quizás únicamente la más melancólica soledad pueda devolvernos un poco de todo aquello que la vida nos ha arrebatado, al recordarnos con inefable dulzura a nuestra esencia inmortal que se desangra por volver a su verdadero y divino origen: la muerte.
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Encanto Suicida