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Ilegitimidad Dañina

Me he sentido sumamente humano al amar de esta manera, al precipitarme por los rincones de un laberinto que yo mismo he labrado para enaltecer la perdición del viaje. Los ojos me arden y la boca se me seca, las ideas no son menos atrevidas al añorar tu figura en cada pared donde solo hay helada piedra. Me has atrapado, has extinguido el deseo de otras bocas y la ansiedad de nuevas caricias, pues solo a tu manera puedo vibrar y con tu mirada me he de suicidar. Grandes telarañas buscan pegarse a mi alma y embobar mis sentidos con crápulas de los demonios divinos, pero me escabullo por los agujeros del engaño, que en este sueño sin sentido me parecen más sensatos que cualquier daño.

La única cosa que lamento en el galimatías sibilino es su irrealidad, pues sé a la perfección que pronto, muy pronto, la arena pasará al otro extremo del reloj que nos unía por un pestañeo. Y el fuego helado vendrá para purificar la miseria en la que convergió este imposible romance entre dos muertos ladrones del amor blasfemo. Mientras las lágrimas de la contradicción caen, es evidente y real que la percepción infame terminó por sustituir a lo sublime, aunque lo nuestro era solamente un espejismo de amargura que se enmascaraba en los pétalos de la fragancia inevitable. Con absurda obstinación me aferré a la única esencia cuya falsedad me cautivaba y enloquecía y, por ello, el golpe recibido hundió mis huesos más allá del infierno que significó haberte concedido el primer beso.

Me parece ilegítimo que tu boca haya impactado con tal violencia en la mía aquella noche, y que, al amanecer, toda tu esencia magnificente se haya esfumado como si de un sueño se hubiese tratado. Tal vez aluciné contigo, tal vez, en realidad, solo fue una ilusión rastrera pensar que tu cuerpo y el mío se habían fundido místicamente al compás de las más extrañas melodías. Sin embargo, hay una sensación muy extravagante en mi corazón que no me deja tranquilo, y que me hace devorar tu recuerdo como un demente. Sé que todo acabó, que tu olor no volverá a perfumar este infierno inaudito en donde divaga mi trastornada mente. Ahora solo me esperará la navaja, esa filosa iluminación que me permitirá, finalmente, transmutar este sufrimiento espiritual en la libertad más benevolente. Y, cuando los primeros rayos incendien mi carne, te juro que no me arrepentiré por haberte amado con tal fiereza y pasión, aunque ya no me encuentre en la disposición de volver a buscarte.

Para: ella, mi eterno e imposible amor…

Libro: Locura de Muerte


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