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Infinito Malestar 09

Todos estamos (auto)engañados de un modo u otro, esa es la verdad. Por más que lo neguemos, es así. Solo cuando nos despojamos de la vida misma es también el momento en que nos desprendemos de todas las mentiras que, como una espesa capa de piel putrefacta, nos cobijaron durante todo el trayecto de esta nauseabunda experiencia carnal.

*

Tal vez era yo un intolerante de lo peor, pero no podía evitar aquellas sensaciones cuando miraba a las personas en las calles. No, definitivamente ya no podía. Debía hacer algo al respecto o enloquecería en poco tiempo. El problema en cuestión era que ambos no podíamos coexistir en la misma realidad. Es decir, mataba a las personas o me mataba yo. Debía optar por una de estas dos alternativas y, aunque ambas me agradaban, en realidad me inclinaba más por la segunda, ya que tendría que exterminar a la raza humana entera para poder cumplir satisfactoriamente con la primera.

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Ya no había tiempo de nada, ni siquiera de vivir. Siendo así, entonces ¿por qué mejor no morir de una buena vez? Si ya todo me asqueaba, me repugnaba y me aburría… Si ya todas las personas me parecían sumamente vacías y estúpidas… Si ya no importaba lugar, compañía o momento, pues todo lo que anhelaba era desvanecerme en el caos del absurdo para siempre.

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Aquel fue el día en que al fin mi frágil cordura se quebró y la poca razón que todavía me quedaba se esfumó. Ciertamente, aquel fue el día en que deje de saber quién o qué soy.

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Todo estaba hecho un desastre, estaba hecho añicos. No había ya amor, esperanza ni nada para qué seguir existiendo. No tenía ningún anhelo por cumplir ni ningún sueño por realizar. Y la verdad es que ni yo mismo me explicaba por qué o cómo es que podía seguir viviendo así.

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Infinito Malestar


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