Perdición

Un absurdo me configuraba y describía mi pensar, atrapado en las fauces de una existencia sinsentido donde las contradicciones y las injusticias resaltaban más que cualquier capacidad humana. Estaba tan enfermo de mentiras y asqueado de la mundanidad y la rutinaria marcha de los días, con ese talante de insignificancia y palpitante insania, con esa mezcla de destrucción espiritual y hundimiento mortal. Hacía mucho tiempo que me había aislado del mundo entero, ni siquiera mis padres llegaron a importarme lo suficiente para evitar el ostracismo creciente. Amistades fueron siempre muy pocas las que mantuve cuando entre los humanos y la servidumbre del rebaño suspendí mi ser; sin embargo, pasado un periodo muy corto, las abandonaba por considerarlas a todas demasiado banales, independientemente del género, religión o educación.

Algunas mujeres conocí y creí estar enamorado de ellas, pero el hechizo duraba lo mismo que la felicidad cuando se presentaba y, al fin y al cabo, terminaba por aburrirme y regresar a los amados brazos de la soledad, la única amante que nunca se preocupó de mi ausencia y que esperaba siempre con serenidad mi complacencia. Fue así como prosiguió mi triste, mísera y repugnante existencia, tan trivial y mortecina, tiritando en el helado desierto de mi amargura y desprecio hacia el mundo humano. Me injuriaba con frecuencia y detestaba el hecho de observar a las personas, así como la forma en que ocurrían sucesiones de miseria incontrolable y desperdicio abundante. Unos tenían tanto que podían vivir mil vidas sin gastarse todo su dinero; otros, los cuáles eran gran mayoría, trabajaban como desesperados para malgastar y consumir, para envilecerse y olvidarse temporalmente de su intrascendencia.

Finalmente, estaban los olvidados, los marginados, la gente que existía como un pecado, la que se hallaba en la más cruenta pobreza, esclavitud y opresión. Había mujeres que eran convertidas en muñecas sexuales de viejos depravados, inducidas en el fétido y pútrido teatro de la prostitución, la cual era no solo permitida, sino incitada y hasta alabada por la hipocresía de las sombras de aquellos que fingían deplorarla. Del mismo talante gozaba la pornografía, pues perturbaba la mente y enviciaba a consumidores y propagadores, recalcando la decadencia de una sociedad necesitada de fornicar para sentirse completa. Pero estas eran solo dos de tantas asquerosidades y depravaciones cometidas en la ficticia civilización del mono, matizada con falacias e hipocresías de la peor calaña.

Había muchas otras más y de peor clase, que, con frecuencia, involucraban a la parte más pobre de la humanidad, a quienes les era arrebatado prácticamente todo y se les permitía morir de hambre en el máximo sinsentido. En fin, estas tres divisiones eran en conjunto las vertientes del mundo absurdo donde me encontraba preso, donde los días se me hacían tan pesados y el pensar en el sufrimiento y el calvario por el que atravesarían millones de seres cotidianamente solo reforzaba mi teoría de que la existencia humana no debía haber sido concebida. La sombra que cubría el mundo entero arrebataba el alma y extirpaba toda percepción sublime, acuchillaba la ínfima divinidad en el interior y, en su lugar, dejaba la adoración por la banalidad y el materialismo, abandonando los cascarones para pudrirse aparentando ser entidades vivientes.

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Libro: Locura de Muerte


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