Sometimiento

Otra vez era yo contra el mundo, luchando vigorosamente por romper el cascarón, por superar mi propia humanidad. Peleaba con furia, no me doblega ante nada, arrancaba cabezas y esfumaba insanias vociferadas por los humanos. Llegó el punto culminante donde la prueba exigió el desprendimiento de toda banalidad, de todo lo que me había sido inculcado en el interior para existir en esta realidad. La configuración, aunque dañada e interrumpida en diversos sectores de la gran matriz, permanecía intacta en su núcleo, en el maldito y fétido origen que se extendía por toda mi alma, lacerándola y distorsionando la percepción insondable y furtiva. Caí en cuenta de que, sin importar cuánto consiguiera vencer el exterior, nunca ganaría la guerra contra la esencia del origen sustancial. Infinitas batallas podría librar y, en cada una, destrozar la adversidad, aplastar gustoso aquellas armas ante las cuales la mayoría sucumbía.

Y, aunque en ocasiones éstas conseguían rasgar mi carne e imponerse en mi mente, trastornándome al punto de sacarme de mi propio yo, vaciando las inverosímiles capas que con tanto esmero habían ataviado mi evolución, jamás triunfaron por completo, pues siempre volvía a mí. Era tan extraño sentirse lejos de uno mismo, suplantado por una entidad atiborrada de argucias e implantada hasta lo más hondo del subconsciente, labrada por años de adoctrinamiento en la pseudorealidad, por tantos días sucumbiendo ante las imágenes en la pantalla diabólica o perdiendo el tiempo con personas completamente idiotas. Además, siendo imberbe y estando inerme ante los cervales ataques que por todas partes golpeaban con la fuerza que solo posee el poder más siniestro se debilitaba la resistencia y el combate ya no dejaba duda ni reservas. El suicidio era entonces el único consuelo verdadero.

Pero conseguí más arsenal, refuerzos al replicarme dentro de la mentira universal, al contraatacar al falso dios e imponerme a todo agente externo que durante eones había pululado e infectado lo más límpido en mi sino. La única voluntad capaz de conseguir el exterminio, empero, yacía en las colinas imposibles para la humanidad, inalcanzables para un simple y torturado mortal. Así, la guerra se perdía, aunque se creía llevar aún la delantera en esta triste y menguante escalera a la decadencia infame. Se podía dar la contra, se podía resistir y atacar con estrategia y debilitar al enemigo más temible, pero nunca se conseguía derrotar definitivamente lo que aguardaba pacientemente en la propia mente. Era imposible conquistarse a uno mismo, ganar la pelea contra el ser interno, contra lo que naturalmente conformaba mi esencia, contra la humanidad que por defecto permitía mi asquerosa supervivencia.

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Libro: Locura de Muerte


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