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El Color de la Nada 57

Tal vez la soledad absoluta es imposible mientras estemos vivos, mientras continuemos sufriendo en esta nefanda realidad. Al final, no importa cuánto escapemos de otros; nunca podremos escapar de nosotros mismos… Y ese, creo, es el mayor castigo de todos. Siempre seremos humanos, ¿qué mayor impedimento se puede pedir para siquiera intentar sonreír mínimamente? Estamos condenados a claudicar en cada patético intento por avanzar, en cada inútil oración que rendimos a un inexistente dios. Alguien o algo nos depositó aquí con un único objetivo en mente: nos quiso hacer experimentar un sufrimiento más allá de lo imaginable y también de lo inimaginable. Nacer es sinónimo de perdición, pues denota el inicio de un viaje absurdo y plagado de una angustia demoledora ante la cual lo único que resta por hacer es encerrarnos en nuestra habitación y llorar hasta no poder derramar ni una sola maldita lágrima más. ¡Santo cielo! ¿Cómo es que he podido hasta ahora vivir así? ¡Que todos se vayan al diablo! ¡Que todos me dejen en paz de una vez por todas! Los detesto a cada uno de ellos por ser tan humanos y por querer perpetuar tal abominación; en cada uno de ellos miro a un detractor de lo divino, a un esclavo de todo tipo de prejuicios y mentiras. Eso y no otra cosa es la vida humana: un cósmico sinsentido imposible de remediar y totalmente insoportable para los que añoramos ver de verdad.

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La muerte es obligación, el suicidio elección. He ahí la ligera diferencia que, aunque tal vez insignificante, al menos es una dudosa fuente de reflexión. ¿Por qué no matarse ahora mismo? Si todo me parece tan carente de sentido y no tengo ningún interés en seguir aquí… ¿Qué me mantiene? Si lo único que hago es ver pasar los días y asquearme cada vez más de la estupidez humana y de cómo la maldad impera por encima de cualquier posible dios. Este mundo debe ser el infierno, o cuando menos uno de ellos. Pero yo sigo aquí, ahogado en mi inmanente nostalgia y aterrado de mirar más allá de mi ventana. Creo que lo mejor será colgarme este lluvioso atardecer y, así, poner punto final a mi dolorosa agonía; así, liberar mi alma maltrecha de este traje orgánico que resulta más bien una cárcel dentro de otra. Soy un pasajero en este viaje sórdido, uno que ya no puede ni quiere seguir adelante por ningún motivo. Mi corazón ha muerto y mi razón se tambalea en las penumbras del máximo sinsentido, tan inclinado a cerrar los ojos sin tener que volver a abrirlos jamás.

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El suicidio siempre ha sido nuestra única esperanza real de una auténtica salvación. Cualquier otro camino que se elija tan solo será un autoengaño más, tal y como la vida misma. Y que, tarde o temprano terminará, por difuminarse en el absurdo; dejándonos igual o peor que antes. Y es que verdaderamente no hay consuelo en nada, todo es un asco. La humanidad está acabada y este mundo ya debe ser destruido sin mayor dilación. Un error funesto fue su creación; permitir que tal error continué propagándose debe ser un pecado más que divino. El ser no es algo que deba ser superado; es, más bien, algo que ni siquiera debería proseguir siendo. Es, de hecho, algo que jamás debería haber sido. Nuestro nacimiento es un triste lamento que se apagará demasiado pronto por el incansable velo de la muerte. Y ¿quién nos recordará? En breve, cada acto, pensamiento o emoción será disuelta para jamás volver. Y ¿qué será entonces de nuestro ridículo parloteo, de nuestras ilusiones carcomidas, de nuestros delirios de grandeza? Todo será pisoteado sin excepción alguna, será arrojado más allá del abismo más oscuro y profundo. De ahí que solamente una cosa me cause más gracia que los monos parlantes promedio: aquellos pobres diablos que se aferran a un poder tan efímero e ínfimo en un mundo de antemano condenado a la putrefacción absoluta. Aquí la única verdad posible parece hallarse en la soledad, el silencio y, por supuesto, en la muerte. En nuestra muerte: una que no haya que lamentar, sino una de la cual podamos alegrarnos plenamente. Y, mientras todos esos farsantes rompen en llanto, nosotros moriremos una y otra vez de felicidad en nuestro ataúd. ¡Qué hermosura sin límites será nuestro encantador e indispensable funeral! Ojalá que nadie vaya, porque a una parte de mí siempre le ha gustado carcajearse a solas…

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Estamos condenados, según me parece. No hay demasiadas opciones para nosotros los poetas suicidas, pues este mundo execrable y los patéticos seres que lo habitan indudablemente están ya acabados. Tan solo nos resta divagar en el más vomitivo sinsentido hasta que al fin reunamos todo nuestro odio, hastío y desesperación en un último arrebato de gloriosa liberación suicida. Solo en la muerte puede esperarse algo de verdad, amor y libertad; en ningún otro estado mental ni supuesta iluminación. La naturaleza de esta infernal existencia es el sufrimiento en todas sus vertientes: carnal, mental, espiritual, emocional o de cualquier otra índole. Para sufrir es que hemos sido arrojados aquí; para ser tristemente devorados por todas las argucias que la pseudorealidad pueda presentarnos. Somos tan débiles y estamos tan desolados que, por alguna inaudita razón, creemos que estar aquí es una bendición. Me desternillo de todos esos ingenuos que aún tienen esperanza alguna en alguna especie de religión, doctrina o deidad superior… Pero, en fin, dejemos a esos pusilánimes con sus tonterías y mejor nosotros larguémonos de aquí por la eternidad.

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Uno de los más sublimes actos de amor propio que podemos llevar a cabo es el alejarnos de todos y aislarnos de todo por nuestro propio bienestar. Eso, claro, no implicará que estaremos bien; aunque al menos sí evitará que seamos perturbados aún más por los estúpidos actos, creencias y sermones de los patéticos monos a nuestro alrededor. ¿Qué cabía esperarse de los humanos? Quizás incluso deberíamos felicitarlos por ser tan imbéciles y miserables, por sentirse tan conformes con su nauseabunda y enfermiza cotidianidad. ¡Ay! Ellos no pueden mirar con nuestros ojos, no pueden percibir con nuestra intuición. Ellos están dormidos, así han vivido así y así también perecerán: en la más siniestra intrascendencia.

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El Color de la Nada


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