Lo que creemos que somos nosotros mismos no es sino una patética y triste imagen de todo aquello que hemos decidido adoptar con el fin de pretender ser alguien o algo. Es decir, nunca sabremos quienes somos en verdad, puesto que somos impostores de nosotros mismos. Habitamos este cuerpo, pero somos ajenos a él. Todo lo que somos es producto del exterior, de impulsos, emociones y pensamientos causados por algo que no nos es inmanente. Nadie es especial, nadie es diferente. Todos somos, al fin y al cabo, títeres de la pseudorealidad destinados a sufrir, experimentar ridículos simulacros de felicidad, reproducirnos (si es el caso) y, eventualmente, morir. ¡Qué lamentable existencia! ¡Qué lamentable que aún no nos hayamos matado! ¡Qué horrible es lamentarse de todo esto y no estar muerto! No sé hasta cuándo deberé padecer esta infernal melancolía y cuántas veces más tendrá que romperé en mil pedazos mi corazón atormentado antes de siquiera intentar sonreír mínimamente. Esta vez no hay vuelta atrás, porque el auténtico infierno es aquí y ahora: la existencia que siempre oprime más que cualquier otra cosa y sus garras que siempre destazan más que mil fieras salvajes encerradas en mi alma solitaria y arruinada.
*
Nunca luches por nada y que no te importe nada ni nadie… Esa es la principal forma de evitar, en mayor o menor medida, cualquier tipo de sufrimiento, decepción o disgusto. De cualquier modo, seremos consumidos tarde o temprano por el sistema sin importar cuánto luchemos. Y, finalmente, recuerda que te vas a morir sin importar cuánto ames u odies la vida. ¿Para qué esforzarte tanto entonces? ¿Para qué luchar? ¿Para qué seguir? ¿Para qué vivir? No hay nada más liberador que aceptar que esta vida es un sinsentido y que cualquier acto que realicemos carecerá de toda importancia, pues que el simple hecho de existir es en sí jodidamente insustancial. Se trata de una contradicción infame, de una paradoja que carcome la mente sin parangón, de un enigma para el cual ninguna lucidez sería suficiente… No hay razones para existir, quizá tampoco para no existir. Pero al menos yo habría sido menos infeliz si no hubiese tenido que conocer nada de este mundo absurdo ni a sus execrables habitantes. Al menos en la inexistencia habría yo sonreído con mil máscaras ensangrentadas y me habría regocijado en el vacío de mi no-humana esencia, al menos… ¿Qué queda ahora sino lamentarse con estrepitosa amargura y aferrarse a cualquier sermón barato en un fútil y patético intento por subsistir solo un día más? Por suerte (o por desgracia), yo ya ni siquiera eso puedo encontrar en mi psicosis inmanente, en mi recalcitrante y desoladora miseria espiritual. ¿Seré eternamente esclavo de todos mis lamentos y de mis lágrimas negras? ¿Hasta cuándo cesará el siniestro galopar de mi alma desangrada y de mi corazón torturado? Miles de noches más acaso habré de padecer como esta: noches frías y salvajes en las que, indudablemente, sería mejor estar muerto.
*
La abyecta sombra de la todopoderosa pseudorealidad siempre gana, esa es la triste y cruel verdad que tanto nos empeñamos en no reconocer. No importa qué mecanismos, herramientas o métodos usemos en su contra, al final seremos derrotados. Siempre terminaremos siendo consumidos por algo, sea interno o externo, que evaporará nuestros sueños, anhelos y sentimientos más profundos. Siempre terminaremos siendo esclavos de algo de alguien o algo, viendo violada nuestra ilusoria libertad y raptado nuestro absurdo tiempo. Así pues, viéndonos acorralados por la miserable manera en que está configurada la vida, no tenemos más opción que quitárnosla. ¿Qué más restaría por llevar a cabo? ¿No sería el acto de un ser razonable el pegarse un tiro este mismo atardecer? Sí, esta tarde donde la infernal nostalgia acorrala mis sentidos como un cazador furtivo y donde yo quedo atrapado en su telaraña como una mísera mosca. Creo que he perdido todo deseo por seguir, todo anhelo por existir y toda posible esperanza de que el mañana sea distinto. Resulta incluso natural que la peor putrefacción gobierne esta patética civilización y que Dios nos haya abandonado sin dudarlo. ¿Cómo podríamos atrevernos a no mirar desde un punto objetivo y sentirnos aterrados ante el infinito abismo en el cual siempre nos hemos encontrado y del que acaso jamás podremos escapar? ¿Quiénes hemos sido sino títeres de creencias inculcadas y guerreros incansables del sinsentido eterno? Algo o alguien nos causó un daño irreparable al arrojarnos a esta nefanda dimensión, sin ningún permiso ni consentimiento nuestro; casi como si lo que nosotros quisiéramos no importase en lo más mínimo… Casi como si nuestro supuesto libre albedrío no fuera sino aquello sobre lo que el destino se posa plenamente y lo sumerge en un mar de desgracias incuantificables. Y quizá ya ni siquiera quitarse la vida sirva de algo, quizá ni siquiera morir pueda ya consolarnos. ¡Ay! Nuestro sufrimiento es tan profundo y punzante que morir una sola vez no bastará para purificarnos de cada tragedia que en vida tuvimos que soportar.
*
Ser demasiado consciente de tu existencia y todo lo que ello implica es, asimismo, la principal razón para desear no haber existido nunca. El pavoroso infierno de la consciencia se hace latente cada vez más, con un vigor imposible de tolerar y trayendo consigo una melancolía que perfora nuestro corazón como la picadura de un alacrán. De ahí que la clave para la felicidad humana sea autoengañarse tanto como sea posible con cualquier persona, situación, lugar o momento; ¡claro que sí! Y todo aquel que busque libertad interna, debe necesariamente renunciar primero a toda supuesta seguridad externa en su solitario y sombrío sendero hacia el autoconocimiento más sublime. Brillar donde todos se apagarían, ser fuego donde todos se helarían, sonreír donde todos llorarían… Quizás ese sea un posible destino en el infinito cúmulo de fatales posibilidades a las que nos vemos sometidos sin compasión y en las que nos perdemos absurdamente debido a nuestra ausencia de voluntad y amor… Todo aquel que quiera ser él mismo sinceramente y experimentar lo espiritual debe estar dispuesto a desprenderse no solo de casi todo lo que cree ser, si no sobre todo de lo que cree no ser. Porque casi siempre evitamos nuestra oscuridad y nos refugiamos en una falsa esperanza impuesta por otros y adoptada por la gran mayoría de la humanidad. Creer en uno mismo, amarse justamente y no enloquecer durante el trayecto… He ahí a lo que yo quisiera llamar divinidad.
*
He muerto tantas veces en vida por dentro que creo que, cuando muera, más bien voy a nacer de verdad. Y, si todo esto no es más que una pesadilla grotesca, entonces nada más hermoso que hundirme en mi propio ocaso de infinita autodestrucción y eterna soledad… Que la muerte me encuentre resignado, sin nada por lo cual derramar lágrima alguna; sin nada qué ganar ni qué perder, sin nada que reste por aniquilar más allá de esta forma superficial. ¡Ay! Para alcanzar tal estado, me parece, hace falta haber muerto muchas veces con anterioridad. ¿Qué más puedo hacer ya? Yo: un simple mortal más. ¿Qué más sino terminar de enloquecer en este manicomio terrenal donde me he hastiado de cuestionar sin piedad todo aquello que está más allá de mi ínfima comprensión y de mi limitada humanidad? La lucidez de la consciencia me parece un pecado aún peor que el asesinato, pues con ella uno se puede atormentar de maneras inimaginables sin jamás poderse matar.
***
El Color de la Nada