La vida es cruel y absurda, por eso es mejor no estar mucho tiempo en ella. ¿Qué conseguiríamos, en todo caso? Puro sufrimiento, irrefrenable agonía y tragicómica desesperación… Lamentos de amargura embotarían nuestras entrañas al sabernos presas de esta horrible existencia, de esta pesadilla de latente incredulidad. Todo lo que podemos hacer es añorar la muerte, alucinar con nuestro inminente suicidio y suplicar por jamás volver a este mundo infestado de banalidad, estupidez y efímero poder. ¡Oh, si fuera posible nunca haber conocido nada de esto! ¿En cuántos pedazos se puede todavía quebrar mi apesadumbrada alma hasta que el silencio de otro lúgubre amanecer vuelva a envolverme con su sempiterna insensatez? Quizá mi destino siempre me fue desconocido y gracias a eso es que todo lo he conocido me ha parecido tan vacío, nauseabundo e infernalmente humano.
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El tiempo es la única ilusión de la que nunca dudamos y la que mejor nos consume. No importa de cuánta libertad creamos gozar, seremos sus esclavos irremediablemente y hasta el final de nuestros lóbregos días. Cualquier melodía, pintura o poema del que creamos ser parte incluirá siempre al tiempo como factor determinante; quizá porque él y solo él sea el único teorema que explique y contenga el caos infinito. ¿Dios creó al tiempo? O ¿el tiempo creó a Dios? Cualquiera que sea la respuesta, nosotros nunca podremos saberlo. Nuestra única función consiste, al parecer, en soportar su inevitable flujo y en resignarnos, tarde o temprano, a ser guiados por él hacia nuestro trágico apocalipsis.
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Nuevamente despertar en esta realidad execrable, ¿hasta cuándo seguiremos enloqueciendo y padeciendo los efectos de esta existencia anómala y ridícula? ¿Hasta cuándo tendremos el valor suficiente para pegarnos un tiro o incrustar la hermosa navaja en nuestra carcomida garganta? ¿Somos todavía tan necios y estamos tan ciegos que aún tenemos algo de esperanza en el mañana? ¿Para qué vivir si la vida nunca será como nosotros queremos? Mejor morirse, mejor matarse en un éxtasis de melancolía avasallante que libere nuestra alma de esta pseudorealidad pestilente e ingrata. Ya bastante humillación hemos recibido en cada desvarío del azar que hizo posible nuestra nefanda estancia en este averno humano, ya bastantes mentiras y contradicciones nos han torturado sobremanera durante este efímero lapso. Hacia la muerte dirigirse, con paso firme y con la verdad de nuestra irrelevante miseria tatuada en el corazón sangrante.
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La existencia humana es tremendamente absurda y nauseabunda, pues consiste en un constante entrenamiento para obtener dinero, poder y reproducirse. Lejos de eso, no hay mucho más que se pueda o se quiera hacer. Toda la historia de esta raza de ignorantes y farsantes puede reducirse fácilmente a un sinsentido imperante con ocasionales destellos de genialidad, pero muy pocos y hasta casi ninguno. No cabe duda de que la humanidad es solo un puente hacia lo divino, una prueba que la gran mayoría no podrá superar jamás. Por mi parte, solo hay algo que me causa más horror que la vida misma: volver a vivir tras haberme suicidado. Porque, en efecto, en la muerte he depositado ya toda esperanza y solo hacia ella quiero dirigir todas mis plegarias. ¡Que se vacíe toda la sangre de mi cuerpo y que mi espíritu atormentado emerja al fin de su coraza mundana e ilusoria!
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Todos mienten, es mejor saberlo antes de decirse enamorado y/o feliz. También resulta imprescindible saberse de antemano solo hasta la muerte y contar únicamente con uno mismo en todo momento; al menos de este modo evitaremos disgustos de una envergadura suicida. Por cierto, el suicidio (o la idea del suicidio) deberá estar siempre presente en nuestros días como un aliciente extraño y cautivador que deberá recordarnos la delgada línea que nos separa de nuestro destino en el reino de la muerte. Muchas son las desventuras y aberraciones que deberemos soportar en esta travesía infame que es la vida, pero acaso el amor pueda salvarnos temporalmente… Al menos hasta descubrir que incluso él es parte de todo aquello que debemos dejar atrás en nuestra divina y peligrosa metamorfosis.
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En la mayor agonía comprendí que acaso ya ni siquiera me importaba plasmar ideas, pues lo único que esperaba ya era descansar en paz por siempre y no volver a saber nada de nadie jamás. ¡Oh, dios! ¿Quién podría ayudarme? ¿Y de qué manera? ¿Hacia quién levantar la mirada que fuera un poco menos humano o absurdo? Claramente, no tenía ninguna otra alternativa que refugiarme en mi melancólica soledad; en esos reinos de avasallante nostalgia en los que me hundía placenteramente desde tu atroz partida hacia el ocaso sublime de la nada eterna. Ahora ya solo el silencio me visitaba de vez en cuando y, con irónica fragilidad, me hacía olvidar lo triste y roto que me hallaba sin ti… Me hacía alucinar con espejismos hermosos que poseían tu misma cara y en cuyo fatal encanto podía yo perderme hasta el alba; en cuyos delirantes labios podría yo embriagarme hasta olvidar que alguna vez fueron los tuyos los que me hicieron perder tan enloquecedoramente la cabeza. Te extraño, pero sé que la muerte es mejor que un efímero y trágico ensueño de amor manchado por la sangre de tus venas retorcidas en el caos del lúgubre ayer.
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Catarsis de Destrucción