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Elucubración blasfema

Este cambio, esta ironía pésimamente matizada de cruenta verdad. No sé si soy ciego y sordo, o si el mundo se terminó hace tanto y los humanos se aferran a su ilusorio entorno. El caso es que, tan doloroso como inquietante, resulta el considerarme vivo dudando de mi propia humanidad. Porque entonces aparece el cambio, el defensor de la escasa sublimidad, de los restos de divinidad obsequiados por las estrellas mensajeras de la muerte. El polvo blanco invade mi pensar y me convierte en un esclavo más. Un conminado a la abrupta diseminación de los escarabajos agujerados que escaparon del castillo enjoyado en mi mente. No quería venir, ¿quién me ha llamado? Este es el cambio que había esperado, pero ¿por qué aquí y ahora? ¿No podía haber otro lapso para despellejarme desde dentro? ¿No podían ser más misericordiosos aquellos lamentos que terminaron por masacrar mi humanidad? No sé si aún estoy vivo o si ya he muerto, tan solo siento que no puedo continuar existiendo de este modo.

No sé cómo es que perdí mi yo, tal vez por abandonarlo en esta suciedad de la cual termino por ser parte. La verdadera broma consiste en aferrarse a lo ajeno, a lo que nunca tendrá dueño, hablo del prójimo y del dinero. Pobres humanos, pobres de los hijos de la nada; desamparados y ciegos corren desnudos y cargados de pesadillas para sostener el trozo de pan más blasfemo. Limitándome solo a rasguñar su superficie, conformándome con quebrar pequeños fragmentos para no descuidar los más grandes tormentos. Ladrillo por ladrillo iré removiendo esta muralla labrada por todo lo implantado, por el abrumador acto de acondicionamiento tan bien ataviado como nacimiento. ¡Qué desdicha sentir que no he muerto todavía! ¡Cuán abrumador resulta pensar en todo esto, elucubrar sin parar hasta que el amanecer corone mi eviterno tormento! No tengo opción, debo tomar la soga y aferrarme a ella sin que nada más pueda despegarme de su colorido encanto.

En mis adentros solo hay un líquido que se derrama sin posible contención; se esparce el parásito de la magnificente incertidumbre al saberme de vuelta en su maldición. Cada vez escapaba y no por gusto, sino para aniquilar a los mendigos de su condición. Alterando el análisis persiste el bicho del mañana y carga consigo al destructor; necesitaba, y ¡cómo no!, deshacerme de unos cuántos trozos que arrojé hacia el cementerio cuando ella se desmayó. En su propósito por entenderlo todo, la mano reconfigurará el orden establecido por las ocultas mentes del éter… ¡Qué risa me produce aquel sujeto orgulloso de sus posesiones en la jaula inmarcesible, arremetiendo y blasfemando, sosteniendo la marca de los caídos y el símbolo de los oprimidos! Llegará el día, puedo estar seguro, en que ya no tenga pavor por soltarla, por hacerla partícipe de mi percepción. Sí, ese día habrá de llegar y entonces todos mis dolores no serán sino recuerdos absurdos de un mundo que jamás existió.

***

Repugnancia Inmanente


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