Esa es la verdad que en mí impera: la humanidad es el chiste de los dioses, y uno de pésimo gusto. Tan nefanda y absurda criatura no podría ser obra de una divinidad, sino más bien el vómito de cualquier patético y ruin “creador”.
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No tengo una vida y ni siquiera sé si quiero una. Cada día siento enloquecer un poco más y no soporto más el ruido en el exterior, mucho menos en mi cabeza. ¡Qué intrascendente es todo a mi alrededor! Personas, situaciones, momentos y lugares que no me importan en lo más mínimo y que quisiera jamás haber conocido. Ojalá que cuando muera, lo primero que pueda hacer sea olvidarme de toda mi vida y de todos a quienes por desgracia conocí. Creo que eso sería, para mí, lo más cercano a la felicidad. Hasta entonces, lo único que puedo hacer es seguir soportando este sufrimiento sin límites y seguirme lamentando en mi triste, caótica y deprimente soledad.
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Todos los humanos vivimos tan estúpidamente; entretenidos y acondicionados, blasfemos y sacrílegos. Queremos ser dueños y sabios de la semilla divina, pero tan solo somos patéticos mortales cuya impertinencia nos llevará a la ruina eterna… No podemos aspirar a nada más, porque la muerte siempre estará, queramos o no, retorciéndose detrás de nuestros más mundanos anhelos.
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La felicidad que el funesto mono parlante cree alcanzar es solo mera y distópica ficción, tan solo engendrada como una ostentosa representación de su propia y eviterna estupidez. ¿Cómo podrían seres inferiores y efímeros alguna vez saber algo de lo eterno, lo infinito y lo divino? Me meto que todavía nos encontramos bastante lejos de lo que realmente sí importa, y casi estoy seguro de que jamás tendremos la consciencia suficiente para ello. No mientras sigamos embrutecidos con cualquier vomitiva bagatela, vulgar entretenimiento o aberrante imposición de la grotesca pseudorealidad.
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¡Qué lamentable es la facilidad con que a las personas les son arrebatados y despedazados los sueños por la maquinaria del poder, reduciéndolas a meras siluetas carnales con existencias atroces y falsas creencias!
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La aflicción más grande para el ser más desesperanzado y arropado con el traje de la ínfima verdad siempre será atisbar, con profundo desaliento, que otros jamás podrán afligirse en la misma proporción al saber de la miseria y el sinsentido de existir; y será así puesto que no serán capaces de ver con los mismos ojos ni de vivir sin ser patéticos títeres mentales de intereses ocultos. Siento tristeza por este mundo y por la humanidad, en verdad que sí; porque pudiendo haber alcanzado la trascendencia del alma, han elegido sepultarse en la irrelevancia de lo material y lo temporal.
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Encanto Suicida