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Entendimiento

Recuerdo que particularmente hoy me sentía más irrelevante que nunca. Había tomado malas decisiones, como siempre. Había estado dando vueltas en círculo, como todos. Había creído que realmente vivía, pero nada podía encontrar que me lo probase, al menos no el tipo de prueba que yo requería. Había decidido abandonar mi engaño y ahora no era sino un pordiosero. Esto me molestaba sobremanera, aún más por el hecho de no tener un sentido propio. ¡Qué idiota fui al renunciar así nada más, al arrojar al basurero mi vida! La sensación que siento es de nostalgia y náusea hacia mí mismo; un absurdo maldito se apodera de mis pensamientos cuando noto cómo se desvanecen mis sueños de existir. Mi poca creatividad se esfuma en los recuerdos de un náufrago perdido en el mundo humano.

Pero ya todo da igual; nada es, ciertamente, relevante. La verdad es que nunca he creído que esto fuese real, me parecía más bien una trágica ilusión de mi mente trastornada. Y así todo había sido más llevadero, incluso la muerte fue, antes de acabar conmigo mismo, solo el signo de un enigma cotidiano sin remedio. La vida era tormentosa, de un matiz absurdo como ningún otro. Los días se tornaban tan nauseabundamente monótonos mientras el reloj arrebataba a mi cuerpo los últimos destellos de poética y sombría inspiración. Y, con profunda e incipiente melancolía, recordaba esas otras épocas cuando el color del cielo era realmente azul, y cuando me parecía sentir mi corazón hirviendo de sueños y alucinantes fantasías.

El entendimiento de la intrascendencia universal ha hecho que mis restos, ya putrefactos en un grado avanzado, aceleren su camino hacia la muerte, y que mis constantes pensamientos suicidas me parezcan cada vez más sublimes y obsequiosos. La implacable sed de matarme incrementa a cada momento, con cada triste y fútil día que paso en el miserable mundo humano, corrompido por los deseos más blasfemos e inútiles. Además, el laberinto de mi nostálgica existencia no ofrece ya ninguna pista para la escapatoria, ningún cántico que libere al pájaro dorado. Y entender, aquella última tarde, que nada era, al fin y al cabo, bueno o malo, bonito o feo, vacío o reconfortante, vida o muerte, dolor o pasión…, entender eso fue la única sensación realmente inefable en mi apologética e indispensable hora de muerte.

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Libro: Anhelo Fulgurante


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