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Extinción

La meditación funde los fragmentos que los gusanos han masticado sin parar desde la era estelar; difícilmente recordamos el único origen para la blasfemia que hemos esparcido frente a la imposibilidad de la reflexión. Sentados en este trono de hipocresía y falacias refulgentes, satisfechos con la fulgurante banalidad propiciada sin freno ni sentido, y acuciados por una interna necesidad de amor y dolor, de tristeza y armonía con el viaje, seguimos divagando en el vacío. Cada uno más engañado que su propio hermano, más propenso a la brusquedad del clima atroz peinando la belleza de las virtudes desdeñadas. La existencia nunca había sido tan explícitamente baladí; el tiempo de agujerar la tierra y echarnos de cabeza ha llegado.

Ningún pretexto justificará la inmundicia y la estupidez que los monos han glorificado. Buscando donde nada hay sino miseria e inopia, lastimando la propia esencia a través de insensatas creencias en invenciones expoliadoras del espíritu. No puedo creer que en esto culmine un pedazo de la inmensa capa, un resquicio del parpadeo universal, una ilusión de escasa sublimidad. Anhelamos la fragancia de la inmortalidad, la veracidad de la muerte inmaculada, la comprensión de la percepción menguada, la sabiduría que nos empujaría hacia lo incognoscible, hacia la boca del abismo. Y, sin embargo, solo merecemos el exterminio dada nuestra irrisoria naturaleza, nuestra estúpida predilección por la depravación y la carencia de sentido con que vagamos alrededor del cuerno iridiscente.

Al borde del gran peñasco todavía aletea el dragón rojo de la iluminación, aún se mantiene firme y me tatúa sus caprichos. Me somete con su esplendor y el poderoso símbolo que arrebató de mi interior. Pero nada podrá doblegarme jamás si mi sombra impongo y con ella tergiverso la poesía del soñador. Bañamos la pureza en la suciedad de nuestros corazones, abandonamos desde el prolegómeno el valioso vínculo con el corpúsculo del creador. La llama se apagó, soplamos incansablemente con malicia y nauseabunda perversión. Hago todo lo que puedo para que no se encienda otra vez, para eternamente fenecer. La extinción es la recompensa que obtenemos por ser tan miserables en este pestilente desvarío.

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Libro: Repugnancia Inmanente


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