Y, en verdad, pienso que la fascinación por el suicidio es totalmente normal cuando se ha comprendido lo trágicamente horrible que es existir en esta execrable realidad; rodeado por seres aún más execrables y prisionero de este vomitivo traje carnal. Finalmente, nadie es capaz de amar ni de entender a nadie; ¡cuánta verdad encerrada en una sola frase! Las relaciones humanas se reducen solamente al placer físico, la lucha de voluntades o la incomprensible y absurda aspiración al poder más efímero y nauseabundo.
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Y, mientras el suicidio no sea nuestro objetivo en la vida, seguiremos pasando de un autoengaño a otro sin remedio; seguiremos divagando irremediablemente en el sempiterno sinsentido y alimentando a la execrable pseudorealidad. No obstante, tal vez incluso percatarse de todo esto no sea suficiente. O quizá solo se trate del inicio en nuestro abismal descenso a los infiernos de la trágica y enloquecedora «verdad». De cualquier manera, siempre creeré que este mundo ya está acabado; y que los repugnantes seres que lo habitan jamás debieron haber existido. ¿Cómo podría esperarse algo agradable y hermoso de aquello que solo conoce la miseria y la putrefacción? Este mundo, como civilización, es un asco absoluto. Ya ni siquiera vale la pena ponerse a reflexionar sobre ello, porque resulta más que evidente que la peor inmundicia es la que gobierna e impone sus absurdas creencias al resto de tontos. Nosotros, finalmente, no somos sino peones de entidades siniestras; tristes y moldeables pedazos de carne cuyo destino ha sido escrito desde su fatal nacimiento: morir en la más insondable intrascendencia, pero no sin antes haber experimentado un sufrimiento inenarrable y más profundo que cualquier infernal abismo.
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Dijeron que no lo había logrado, pero yo creo que sí… Los ahí congregados a su alrededor murmuraban que había fallado, pero no era así. Al contrario, claro que lo había logrado, pues había hecho lo que siempre había deseado hacer, había cumplido su única meta en la vida: quitársela. ¡Ay! ¡Cuán afortunado era aquel hombre (o lo que había sido un hombre)! Ahora su alma era libre y no estaba atada a un cuerpo físico en este plano infernal; ahora podía experimentar algo distinto donde sea que pudiera encontrarse… Y no como yo, que aún seguía siendo prisionero ineluctable de esta vomitiva realidad, de esta nauseabunda civilización y, sobre todo, de este sombrío traje carnal.
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No dejo de pensar que la única forma en que la existencia me parecería algo bello es si no estuviera yo en ella. Lástima que esto ya no es posible y que ahora, tristemente, debo pasar los días que me restan hundido en esta deprimente soledad. Aunque, bien lo sé, no podría ser de otra forma. Para un ser extraño como yo, quien se detestaba tanto a sí mismo por ser tan humano, ¿qué otro tipo de existencia podía esperarle sino una donde reinasen la miseria, la tristeza y la melancolía? Yo no pedí venir a este mundo abyecto y, sin embargo, aquí estoy… ¿Cómo entonces hablar de libre albedrío, de Dios o de amor? Si desde el comienzo mi voluntad ha sido reducida a un insignificante y patético lamento; si mi corazón solamente sigue latiendo por mera inercia y si, por dentro, ciertamente y desde hace tanto, yo ya he muerto.
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Y, conforme pasa el tiempo, es incluso natural que las personas a nuestro alrededor (y las que no también) nos parezcan cada vez más estúpidas, repugnantes y mundanas. Al final, tan solo veremos a las personas como lo que son en realidad: basura.
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Es inútil intentar salvar al mundo, es mejor intentar salvarse a uno mismo, aunque esto último implica precisamente dejar de ser uno mismo. Es más, implica dejar de ser por completo, pero eso es lo mejor.
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La Agonía de Ser