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Melancólica Desesperación

Y, aunque ya lo haya escrito infinitas veces y lo haya mencionado en todas las dimensiones posibles, jamás sería absurdo embaucarme con tu perfecta forma humana. Tienes un aura majestuosa, tus matices de tono índigo me indican un progreso excesivamente alto, con tu espíritu tan evolucionado y tu mente lejana a la podredumbre de este mundo infame y trivial. Por encima de cualquier concepción o delirio extenuante está tu silueta, pero no la física, que tan solo resulta ser mera temporalidad encarnada, sino la etérea. Porque puedo perderme en la inmarcesible profundidad de tu tierna y apacible mirada para purificarme con tu sublime manantial y tus dotes esotéricamente confeccionados. La manera en que vibras incluso pareciera ser superior a la de cualquier dios o entidad suprema.

Y, el modo en que consumes cada obstáculo con tu sed de conocimiento y sabiduría, más allá de tu propia naturaleza, me deja impávido. Tu avidez ante lo desconocido y tu intensa lucha inmanente son factores que no lograré, acaso, jamás dilucidar, pero continuaré intentando; proseguiré indagando en el multiverso afrodisíaco que tus pequeños ojos centelleantes, como dos inmaculados granates en el apogeo de la conmiseración, ofrecen ante mi descompuesto talante. Cuánto adoro contemplarte desde tan vastas perspectivas, y, en todas ellas, concluir remojando mi corazón en tu arroyo hiperbóreo, tan propio de ti y de la inexplicable sensación de paz y bienestar que emanas al ofrecerme tu cálido corazón palpitante. Cómo adoro atisbar por un breve instante tu encomiástico regalo al recargar mi alma en aquella apacible y fantástica mirada resplandeciente que tanto me apabulla.

¡Oh, princesa de hermosura inmarcesible! ¿Me será lícito mirarte con esta melancólica desesperación? Si pudiera pedir que algo permaneciera inmaculado y alejado de la banalidad y la ignominia humana, sería tu magnificente esencia; la cual, ciertamente, jamás he podido plasmar en ningún escrito ni fragmento, pues la fastuosidad de tus cromatismos escapa irremediablemente a la gama de versos mundanos alcanzada por esta pluma terrenal con la que intento, en mi triste soledad, mendigar un poco de tu virtud suprema. No obstante, tal vez en alguno de esos lienzos misteriosos pudiera capturar lo que mis marchitados ojos perciben, pues entonces podría pintar un arte tan sublime que emanciparía la mundanidad con que trato de amarte en todo sentido.

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Para: ella, mi eterno e imposible amor…

Libro: Locura de Muerte


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