¡Cuán brutal y anonadante es ese momento en que nos percatamos de que jamás volveremos a vivir de nuevo determinado suceso! Pues la vida es como un viaje solo de ida, sin retorno y sin piedad. Pese a todo, seguimos viviendo como si tales cosas pudieran tomarse a la ligera. Vivimos como si estuviéramos en un videojuego y tuviéramos más oportunidades de volver a hacerlo, pero no. Nuestra realidad es tan solo esta y creo que, si hay algo que puede hacernos reflexionar bastante, es la implacable idea de que tú, yo y cada ser que existe y que existirá, indudablemente, va a morir.
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La muerte no es el final de nada; puesto que la vida, ciertamente, no es el principio de nada.
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No hay sino un principio universal que deberíamos adoptar si queremos comenzar a entender someramente esta caótica y absurda existencia: ser para el suicidio.
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No solo morirá el atardecer en este lluvioso sábado de verano, también moriré yo con él, pues bien sé que seguir con vida sería solo un descabellado accidente.
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¡Qué patética es la existencia de casi todas las personas! ¡Tan intrascendente, vacía y vomitiva! Pero ¡todavía más patético es el contemplar la nauseabunda manera en la que se aferran a seguir existiendo en su infinita y absurda miseria! Supongo que así es el ser humano, esa es precisamente su más fehaciente característica: el sinsentido.
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El Color de la Nada