,

Ecos de Angustia 02

Lo admito: he perdido casi todo el interés (sino es que todo) en relacionarme con la gran mayoría de las personas (sino es que con todas). Y ahora ya solo espero una cosa: la fragancia de la muerte que deberá hallarme encerrado en mi lúgubre habitación, de donde nada ni nadie podrá volver a sacarme por ningún motivo. Y es que, ¿qué motivo habría para salir de mi cuarto? Cualquier cosa o persona me parecen ya algo sumamente nefando y poco deseable; lo que quiero más bien es reunir todo mi hastío y náusea en un último suspiro de catarsis suicida.

*

No me gusta estar con nadie porque no me gusta que nadie me infeste de sus mentiras ni yo infestarlo de las mías. Prefiero, ciertamente, que cada uno se quede con sus propias mentiras y que viva así el resto de su vida: felizmente engañado, pero fiel a sí mismo. Y es que, de cualquier modo, ¿no es cualquier acercamiento a una religión, una teoría, una ideología, una filosofía o cualquier otra cosa solo un desesperado intento por despejarnos un poco de nuestra propia mente?

*

Resulta incluso increíble pensar que hemos sobrevivido todo este tiempo como si nada cuando de pronto cobramos plena consciencia del mundo que nos rodea y del espectacular teatro de horror, miseria y sinsentido en el que tan bien hemos divagado hasta ahora… No sé di deberíamos sentirnos entonces agradecidos por no haber sido hasta ahora presas de horrores mayores o si deberíamos intentar escapar de él inmediatamente. Después de todo, no aspiramos ya a nada aquí y cualquiera de los vicios o virtudes que pudiéramos poner en práctica o experimentar no servirían sino para incrementar nuestro hastío hasta fronteras imposibles de concebir. Estamos, además, demasiado rotos como para continuar; lo peor, más allá de esto, es la aterradora idea que las cosas perfectamente podrían empeorar más de lo que podríamos soportar. ¿Qué hacer entonces? Creo que la solución es obvia (el suicidio), pero si no, entonces creo que una buena táctica es cortar contacto con todos y pasar el resto de nuestros días aislados del mundo; al menos hasta que reunamos el valor suficiente para abandonar esta deprimente forma humana.

*

¿Hasta dónde llegará la infernal crueldad del ser y su empedernido egoísmo que ha sumido a la civilización en un bucle de agonía insoportable? ¿Hasta cuándo nuestra consciencia podrá ser iluminada por la razón y el amor antes de proseguir en la misma barbarie de ignominia y odiosa perdición? Quizá solo me autoengaño al creer que algún día las cosas podrán mejorar y que la única ley y religión universal será el amor desinteresado. Resulta evidente que cada vez la sociedad está más dividida, que unos pocos amasan más y más riqueza y poder a costa de hundir a las masas en la ignorancia y la miseria. No puedo dejar de pensar entonces que estamos condenados, que esta vida es solo una horripilante experiencia para experimentar el sufrimiento en todas sus formas. Puede que no sea así, que yo esté del todo equivocado y que mis especulaciones sobre el futuro sean demasiado trágicas y pesimistas. Pero si no, entonces lo mejor que podemos hacer es suplicar porque la muerte nos acoja con dulzura entre sus sibilinos brazos y que nunca más volvamos a recordar nada de todo el horror sin nombre que aquí padecimos sin que jamás lo hayamos así querido.

*

Creía que estaba deprimido, luego salí de mi habitación e intenté relacionarme con la humanidad… Al volver a mi cuarto solo quise hacer una cosa: encerrarme en él por la eternidad y suplicarle a la navaja que pusiera punto final a mi propia humanidad.

*

Pensar en la muerte se ha convertido en mi obsesión más destructiva. Me aterra al mismo tiempo que me deleita; no deja de parecerme devastadora la incertidumbre de no saber qué acontecerá o si siquiera algo acontecerá. No es tanto el momento en sí, sino lo que traerá con él. Las dudas agujeran mi razón y despedazan mis días; sé que es absurdo, pero no puedo evitarlo. Sé que aún estoy vivo y añoro con todo mi ser estar muerto; mas esto, al mismo tiempo, me arroja a una vorágine de nostalgia y ansiedad de la cual me es muy difícil salir ileso. Creo que mi mente ha sido raptada por todo tipo de extrañas divagaciones y que mi corazón está ya demasiado acongojado por cada intento fallido de sentirme bien unos momentos. El alcohol y las mujeres antes me hacían olvidar este tipo de cosas, pero ahora solo me dejan en un estado psicótico mucho peor. No hay realmente nadie con quien pueda o quiera hablar, porque sé que nadie podría ya entenderme y que, si mi muerte acontece esta noche, únicamente la soledad derramará copiosas lágrimas por verse desprendida de su único amigo.

***

Ecos de Angustia


About Arik Eindrok

Deja un comentario

Previous

El Color de la Nada 66