,

Catarsis de Destrucción 09

Realmente no entendía por qué tenía que existir; es decir, ¿qué sentido tenía vivir lo mismo todos los días? ¿Por qué todo parecía tan irrelevante, patético, absurdo, humano y miserable? Toda la existencia no era, de hecho, sino un cúmulo de desgracias y contradicciones que enfermaban la mente hasta la insania más extrema. Encima, teníamos que soportar a nuestros funestos semejantes, a esos títeres que nunca dejaban de atosigarnos con sus estúpidas charlas y sus creencias nauseabundas. Sí, ya estaba sumamente hastiado de todo esto; había llegado al límite… Pero, como tantas otras veces, seguramente no haría nada al respecto y simplemente me iría a dormir con la falsa esperanza de no despertar. Una noche más, un amanecer más; otra vez la misma ominosa historia hasta el cansancio y hasta lamentarme en mi triste y fatal ironía… Siempre resistir solo un poco más, solo continuar sin ningún sentido. La soledad era lo único que me quedaba, porque bien sabía que únicamente en ella se encontraba la verdadera libertad. No en creencias, no dogmas, no en religiones, no en templos, no en personas, no en sermones, no en libros, no en amores de una noche o de varias… Y, en resumen, yo ya no podía volver a estar con nadie. Porque había elegido que mi destino era encontrarme a mí mismo en el caos del divino observador, y tal camino requería demasiado aislamiento. Así pues, ya tan solo una cosa me importaba en mi vida: morirme… Sí, desaparecer por completo de esta abyecta realidad y nunca, por ningún motivo o casualidad, volver a saber nada de este mundo infame ni de sus execrables habitantes. ¡Cómo me repugnaban todos ellos! ¡Qué asqueado estaba de tanta humanidad y tanto sinsentido esparciéndose con agónica putrefacción! ¿Qué importaba ya el sentido de la vida? Lo que necesitaba era volver en el tiempo y evitar mi existencia; sí, solo eso me haría sentir feliz. Sumergirme eternamente en la inexistencia y olvidarlo todo y a todos; fundirme cósmicamente con el vacío y arrancar de mi alma todo vestigio del infinito e insondable sufrimiento espiritual que aquí tuve que padecer siempre por culpa de otros. ¡Oh! Realmente yo nunca debí haber estado aquí, claro que no… ¿Qué caso tuvo todo esto? Este infernal galimatías en donde ya no puedo reconocerme más como un ser que merece volver a sonreír después de tal ensimismamiento.

*

Ahora ya solo espero una cosa de esta vida trágica y siniestra: escapar de ella cuanto antes y reír eternamente con la fragancia de la muerte. Cualquier otro camino encierra para mí un sinsentido inmenso y una absoluta pérdida de tiempo, pues desaparecer por completo es lo que añoro con todo mi corazón. Sé que el tormento jamás tendrá fin, sin importar con quién me relacione ni en dónde me encuentre; en el fondo, siempre me sentiré triste y desolado. ¿Qué caso tendría continuar aparentando que algo o alguien me importa? Cuando morirme es lo que siempre he querido y haber nacido ha simbolizado para mí el terrorífico comienzo de mi aciago sufrimiento. Yo nunca pertenecí aquí, eso lo sé demasiado bien y nadie me convencerá de lo opuesto; mi destino estaba escrito con lágrimas de sangre y unificarme con él en el magnificente color de la nada es lo único que resta para mí.

*

Quizás exista un propósito que no puedo vislumbrar para estar aquí… En fin, ¿a quién quiero engañar? ¡Estoy al límite de todo, a punto de matarme para saborear finalmente un poco de auténtica libertad! Solamente así podré conocer lo que yace más allá del infinito, aquello que mis humanos ojos no podrían contemplar mínimamente. Vivir en esta realidad es sinónimo de esclavitud, de limitación, de autoengaño para subsistir… La soledad, el silencio y, por supuesto, la muerte son aquello a lo que aspiro con toda mi alma; simbolizan el paso final en la catarsis de destrucción que galopa dentro y que me impulsa a desprenderme de todo vestigio humano. Tantos siglos desperdiciados por el triste mono parlante, por su insaciable sed de poder y eternidad. Y ¿para qué? ¿De qué ha servido tal teatro y tan nefando bullicio? Al final, siempre que busquemos verdades fuera de nosotros estaremos encerrándonos un poco más en la grotesca cárcel de la infame pseudorealidad; es decir, pisotearemos nuestra voz interna, esa que quizá sí tenga una chispa de indescriptible divinidad.

*

Despertar nuevamente se sentía como estar en una abyecta prisión de la cual no era nada fácil escapar y, acaso, ni siquiera existía tal posibilidad… Solíamos mentirnos demasiado, supongo; especialmente en aquellas noches más melancólicas y solitarias… Sí, especialmente en esas donde mi alma lloraba lágrimas de sangre y mi acongojado corazón se negaba a seguir latiendo un día más. ¡Ay! Ya demasiado había tenido que soportar en esta inútil y putrefacta dimensión, atrapado en este abismo de corrupción eviterna que es la existencia humana. Solo quiero que todo termine ya, que todos se callen de una buena vez. Quiero que todos me dejen en paz con mi tristeza, con mi soledad y mi agónica miseria. Y entonces hundir con magistral perfección la divina navaja en mi garganta hastiada, porque eso significaría para mí el comienzo de la única felicidad que quiero abrazar: la de mi muerte, la del olvido eterno, la de mi renacimiento final.

*

Así es el humano: un ser sin el más mínimo ápice de espiritualidad, ruin, mentiroso, egoísta, infiel, materialista, consumista, adicto al sexo y al dinero. ¿Qué otra definición se podría dar que resumiera tan bien a tan repelente y absurda criatura? ¿Por qué siempre queremos aparentar que no somos así? ¡Cuánto nos hemos mentido a nosotros mismos hasta ahora! Siglos desperdiciados en las sombras de la desesperación infame, siempre huyendo de nuestra oscuridad que nos pisa los talones cada vez con mayor vehemencia. Y, pese a todo, pareciera que una especie de «compasión» divina todavía se niega a exterminarnos por completo; ¿por qué? Sí, esa es la gran incógnita para mí: ¿por qué existo todavía? Peor aún, ¿por qué no dejo de existir ahora mismo?

*

Todos mienten, esa es la cruel y siniestra realidad… Lo conveniente, quizá, sea buscar a alguien cuyas mentiras podamos medianamente tolerar. También nosotros, ciertamente, nos mentimos demasiado todavía; ¿qué sería de nosotros si no fuera así? La humanidad, supongo, se habría ya extinguido hace eones; pues habría sucumbido irremediablemente ante la evidente irracionalidad de su ominosa y asquerosa existencia. Lo mejor, así pues, es quedarse a solas con nuestra soledad hasta que la muerte venga y nos embriague de su licor bendito. ¿Cuántos podrían hacerlo y mantenerse así por siempre? Muy pocos ciertamente, pues para la gran mayoría la soledad implica demasiada dureza y sinceridad; algo para lo que sus endebles mentes no están aún preparadas y quizá nunca lo estén… Ellos necesitan del parloteo absurdo los otros, de verdades impuestas por doctrinas funestas y, en fin, necesitan huir de sí mismos el mayor tiempo posible y a la brevedad posible. Nunca me cansaré de decirlo: la humanidad no ha sido diseñada para grandes cosas, sino acaso solo para pudrirse perfectamente en su lamentable e insondable sufrimiento. ¡Ay! Nadie bajará de ningún reino en los cielos a salvarnos esta vez, quizá antes tampoco… Continuaremos viviendo en la dulce comodidad de la ruin mentira hasta que olvidemos definitivamente que existen también verdades y múltiples posibilidades que hemos negado de antemano. Somos demasiado cobardes para suicidarnos y demasiado humanos para intentar superar nuestra deplorable y mísera naturaleza. ¡Dejemos, pues, que los carentes de espíritu sigan apoderándose de este trivial infierno! A nosotros, los poetas-filósofos del caos, ya solo la sonata de la muerte puede cautivarnos.

***

Catarsis de Destrucción


About Arik Eindrok

Deja un comentario

Previous

Amor Delirante 61

Desasosiego Existencial 06

Next