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Ansiedad

Desconozco si es consciente del hostigamiento que imprime sobre mis hombros aquella fatal reminiscencia de vetustos dientes afilados y de esencia siniestramente escabrosa. Lo que sé es lo mismo que ella ha averiguado infiltrándose en las oquedades que durante la vigilia incitan al morbo y el azoramiento del estupor refulgente, de la desesperación incipiente que amarga más que la existencia terrenal. Me pregunto si dejará de susurrar aquellas onerosas frases de dolor y muerte al despertar; si dejará de vagabundear en las calles de melancólica náusea, de perfidia infinita y lascivia inaudita donde abundan los humanos esparciendo la miseria de la vida. Me agita, me corroe y me estresa su presencia, mucho más su desgastante peso y su deplorable risa macabra. En todas partes donde esté y en cualquier momento está ella siempre presente, como si se tratase de una especie de divinidad demoniaca que simplemente no puede ser evadida con nada.

La veo reptar por las infinitas rocas puntiagudas que conducen a la montaña plomiza cuya cima roza con el arrebol cerúleo de vahos extraños, mismos en los cuales puedo recostarme y obtener un consuelo momentáneo, un descanso en mi débil y exangüe distinción. Ella vendrá, estoy seguro de que lo hará, pues jamás se rinde cuando encuentra un anfitrión, cuando logra que el ritual se lleve a cabo majestuosamente, como mejor le conviene y del modo en que sugiere. Nunca ha conocido la derrota, pues, cuando se cree haberla incinerado con la flama de la verdad, se esconde y miente con celeridad; dilucida la magia hermética para engañar al ladrón. Entonces regresa con más poder e instigación, con grandiosos deseos de obnubilar la percepción y hacer cumplir sus demandas. Tal vez fingir la muerte de la consciencia podría extinguirla, no estoy seguro. Me ha vigilado desde hace mucho, tanto que ni recuerdo cómo fue que esto empezó ni cuándo la descubrí como parte inmanente de mi constitución intangible.

Es una tergiversada quimera que solo existe en mi ser; juega con la realidad y la revuelve con la alucinación, trastorna el planeta de la miseria en la agonía del mártir enfermo. No obstante, incapaz soy de defenderme, de no escucharla siquiera un poco; me cuesta tanto ignorarla, hacer a un lado los impulsos dementes bajo los cuáles embota mi espíritu y descontrola la sintonía. Sé que no podría intentar hacerla verídica a los ojos del resto, que es perceptible solo en mi intrínseca mirada; en el manantial que resulta indispensable para mi sumisión en la vida mundana. Muchas puertas, colores, dolores y amores he obtenido y perdido por su causa; tremendas jornadas repitiendo patrones, realizando las mismas acciones una y otra vez hasta satisfacer su ego. He dejado de luchar, he decidido aceptarla como parte fundamental de mi mundana existencia en este plano sacrílego. Y eso me ha traído a una imparcial entelequia en la cual dormitar y esperar el fin de su influencia, cuando por fin la muerte escuche y atienda mi exhortación.

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Locura de Muerte


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