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Corazones Infieles y Sumisos VIII

Todo era extraño para Alister, pues creía que, al final, la existencia era mero azar. Y, de ser así, entonces verdaderamente no había ningún sentido. No obstante, las personas se sentían con el derecho de existir. Pero eso era únicamente porque a todos, como parte del adoctrinamiento, se les inculcaba desde el nacimiento que debían aferrarse a la vida. Es más, que, a pesar de todo, a pesar de que el mundo fuera una basura, ellos debían vivir. Y por eso se les metían tantas mentiras y estupideces en la cabeza: para que amaran su esclavitud. Porque, en efecto, ¿cómo podría alguien que nace en una prisión percatarse de que está en ella? ¡Imposible! ¿Cómo intentar ser libre cuando se está tan a gusto en la ignorancia y la privación más sórdida? Además, ¿a quién podría importarle la verdad, la consciencia y la libertad cuando todo lo que interesa es tener poder, dinero y materialismo? En este mundo, por desgracia, esos eran los ideales con los que se intentaba moldear a las personas, y que, en su mayoría, resultaban bien implantados.

Alister lo sabía a la perfección, y ahora se sentía mal por haber caído en lo que creía era parte de aquella miseria. Pero ¡él también era un miserable! No solo ya había intentado engañar a Erendy y había sido rechazado, sino que realmente ya nada le importaba. Si se emborrachaba en aquel antro era solamente porque estaba aburrido y hastiado de su existencia, del mundo y la humanidad. Elucubrando así, se bebió algunos tragos más de vodka hasta que se sintió un poco más alegre y con la percepción muy distorsionada. Ahora verdaderamente podría matarse y todo sería ideal, todo habría terminado de la mejor manera posible. Pero no, interrumpiendo sus tendencias suicidas una persona se dirigió hacia él.

–No pensé que vendrías, cariño –exclamó una voz más sensual que de costumbre.

            Al voltear, Alister pudo observar a Cecila, la misma tipa que hace unos meses había sido tan cercana en sus pensamientos sexuales.

            –Pues, ya ves… ¡Aquí estoy! ¡Aunque ni siquiera sé si por voluntad propia!

            –Y ¿qué haces hasta acá? Todos nuestros compañeros están por allá.

            –Es que vine a despejarme un rato, ya sabes…

            –Muy bien, pues vamos para allá, que está bueno el ambiente –dijo Cecila, al tiempo que jalaba del brazo a Alister. En el fondo, tal vez ambos se sentían víctimas de un destino irremediablemente ensordecedor.

            El coloquio comenzó y ambos charlaron de todo cuanto pudieron, especialmente sobre fútbol, cosa que le pareció llamativa a Alister, pues él siempre había querido ser futbolista, solo que no era muy bueno. Contrariamente, Cecila había estado en varias escuelas en muy poco tiempo, estaba al tanto de cuanto se debía saber de fútbol, sabía traspasos, jugadas, mundiales, campeonatos, ligas, etc., era realmente una apasionada. Y, también, verdaderamente una víctima más del nuevo orden mundial, un zombi servil.

            –Eso es admirable. Jamás había conocido a una mujer tan interesada en el fútbol y que conociera tan bien las ligas –afirmó Alister, ya exaltado por los tragos tan cargados que había ingerido.

            –Pues es normal. Yo tengo varias amigas interesadas en ello.

            –Tal vez para ti lo sea, pero no para mí.

            Ambos se miraron fijamente y luego rieron, sin darse cuenta de que era la primera vez que se conocían y entablaban un coloquio tan agradable. Además, sus compañeros estaban ya borrachos a estas alturas de la fiesta y se perdían entre aquellos cuerpos que se contraían al ritmo de la execrable música.

            –Tú ibas en mi grupo el semestre pasado, ¿cierto? –preguntó Cecila mientras lanzaba una penetrante mirada a Alister.

            –Sí, eso es correcto. Recuerdo que un par de veces nos vimos.

            En realidad, fue más que eso. Alister constantemente miraba a Cecila, y ésta a él. Había cierta atracción, por así decirlo. Ella era de estatura baja, de complexión normal, con un trasero enorme y unos senos muy grandes. Sus cabellos eran castaños, su piel ligeramente canela, sus labios carnosos y sus ojos grandes y negros.

            –Y ¿por qué nunca me hablaste en ese entonces?

            Alister caviló un poco, como buscando un pretexto, algún subterfugio que lo salvara de la inevitable verdad. Y es que, entre más buscaba y horadaba en los recovecos de su ser interno, más encontraba algo de esos impertérritos pensamientos que lo asfixiaban constantemente.

            –¿Sigues ahí? –inquirió Cecila un poco preocupada.

            No hubo respuesta. En un santiamén, Alister pudo atisbar eventos tan raudamente que le parecía como si la vida se desvaneciese. Rememoró el día en que conoció a Erendy, aquella muchacha tímida. Era simplemente una visita que hacía al colegio de su mejor amigo, lo había invitado tantas veces y se había negado por tanto tiempo. ¿Cómo era posible tal coincidencia? Simple y sencillamente no podía ser una de esas cosas producto de la casualidad. Tenía que ser algo más divino, alguna especie de extraña ley de la naturaleza o de algún destino inusual, de algo celestial e inhumano. Llegó ese día en que por fin decidió ver a su amigo de la secundaria, dudándolo dada la lejanía de sus escuelas, de la inutilidad de su visita. Este amigo era el único que no había sido un mediocre como sus otros compañeros, los cuales yacían en las fauces del sinsentido, contribuyendo así a incrementar el rebaño de la bestia.

            Y aquel bendito o maldito día fue cuando conoció a Erendy. Incluso, estuvo a punto de regresar, de no ir, de hacer cualquier otra cosa, pero algo en él le dictó que fuera. ¿Acaso fue su libre albedrío o fue dirigido por algo o alguien más allá de los tergiversados límites humanos? No podría saberlo en ese instante ni ahora. El punto es que, tras caminar y recordar con aprecio sus aventuras en la secundaria, aquellos días mágicos donde nada más importaba que existir, pasó de pronto algo inesperado. Alister y su amigo se hallaban en la partición de un camino, cada uno tenía pensado ir por un lado distinto. Uno de ellos daba a la cafetería y el otro a las canchas de fútbol. Había una graciosa querella debido a que su amigo ya quería ir a jugar fútbol, mientras que Alister deseaba ir primero a engullir algo. No se podían poner de acuerdo y decidieron dejarlo a la suerte.

            Pero ¿qué es la suerte? ¿Acaso esa fuerza tácita en aquellos que logran doblegar el destino a su voluntad? ¿Tan solo una distribución de probabilidad donde, de alguna forma, se inclina hacia nosotros el resultado favorable? ¿Un capricho del destino que actúa misteriosamente? No podemos quizá saberlo hasta que se produce el movimiento, nuestra capacidad de predicción es precaria. Nuestro entendimiento del destino, del libre albedrío y de la suerte queda reducido a un diminuto grano de arena en un desierto plagado de animales improbables y sin orden.

            Fue así como se decidió la ficticia elección de un camino, todo con un volado. Un simple, pobre y patético volado. Nuevamente el dinero jugaba un papel determinante y sin siquiera ser usado. ¿No es extraño cuántos sucesos se desencadenan de un simple juego probabilístico? Hay un 50-50 de probabilidades de modificar nuestro futuro, de cambiarlo todo, de vivir o morir, de amar u odiar, de triunfar o perder, de fallar o anotar, de ser o no ser. En realidad, las posibilidades se extienden hacia el infinito, nada limita la ocurrencia de lo irracional y su imperante destreza para relucir. Quizás esa cadena de sucesos ya sea determinada por el libre albedrío de las cosas que creemos incapaces de tener una conciencia o movidas por una celestial presencia, es lo que nos conduce a dios, a la energía sublime.

            El problema de esta civilización es la toxicidad de sus habitantes, la irrisoria voluntad para oponerse al antípoda del libre albedrío, a un absurdo innegable, a un sacrilegio más allá del tiempo y el espacio. Gracias a nuestra estupidez e ignorancia hemos sido acondicionados y desprovistos de aquello que tanto necesitamos para vencer a la muerte y al eterno sufrimiento. Hemos sido consumidos por las sombras burlonas y rapaces que braman en la oscuridad, y por el nombre de aquella criatura, si es que así se le puede llamar, cuyos tentáculos han doblegado toda posible combinación de situaciones favorables para el elegido. Se dice que ella misma quitó el sentido de la existencia apoyada cada vez más por el decaimiento de la raza humana. Su nombre ni siquiera debería de ser pronunciado por seres tan inferiores, pero una antigua civilización y cultura diseminada en el multiverso conoció a tal demoniaco ángel, logrando encerrarlo temporalmente con un sello que se rompió dada la curiosidad de un hombre cuyo nombre es igualmente maldito y extraño, y así será por siempre. Lo único que se sabe es que con sangre mundana se estableció en el sello: Shilliphial.

            Ese nombre resonaba en la cabeza de Alister, pues sabía que, en algún lugar muy lejos de él mismo, conocía aquel vocablo. La mente es lo más sagrado que podemos intentar elevar, sus límites escapan a esta terrenal existencia, su poder puede convertir a gusanos en dioses y a dioses en dementes. Finalmente, en ese volado el ganador fue Alister, ya sea por causas determinísticas o estocásticas, por todo lo anterior mencionado que igualmente nada explica, incluso por la influencia de aquel hermafroditismo desmedido, pero él ganó. A partir de ese momento comenzaba un universo nuevo, que se creaba tan pronto como las decisiones se convertían en hechos. Así igualmente con la vida de las personas, se crean universos donde se pueden experimentar cosas distintas, todo dependiendo del ángulo y la perspectiva, del observador y la perturbación del sistema.

            Ya una vez en la cafetería, nuevamente la combinación de una suerte compleja hizo que abandonaran la mesa en la que estaban, debido a que un sujeto colocó ahí su vaso de jugo y, al voltear, torpemente lo tiró, derramándolo todo, posiblemente solo otro factor de ese misterioso juego de cartas que se da entre el destino, el libre albedrío, la criatura más sublime y la suerte, todas imbuidas por la mente y la energía divina. Resulta cansado repetir la misma lógica para cada suceso, solo se puede ver como una consecuencia, causa y efecto, el principio universal. Cuando los dos muchachos se vieron obligados a cambiarse de mesa, no encontraron lugar, hasta que amablemente una mujer de cabello lacio y castaño, con ojos negros y una voz inconfundible los invitó a compartir la mesa. Y su nombre era Erendy.

            Alister recordaba más y más cosas, todo pasaba tan rápidamente que había colapsado el tiempo, se había hecho fehaciente la conciencia cósmica de un modo inverso. El resto de los sucesos él los conocía a la perfección: su primera salida, su primer beso, ese que hizo despertar una llama poderosa como la flor rosa de la sabiduría envolvente, sus salidas a lugares extraños, lo que habían visto, sentido, oído, compartido, llorado y disfrutado. Absolutamente todo estaba ahí sumergido, enterrado y sin poder horadar la jaula maestra, tapizado como meros recuerdos irrisorios. Esas cosas tan humanas y alejadas de nosotros a la vez, nuestra debilidad y fortaleza, la paradoja más enigmática, el fulgor de la muerte y el elegante traje del suicidio.

            Pero ¿por qué recordaba eso? Todo se mezclaba y convergía en una execrable masa burbujeante, una especie de desperdicio del cual salían brazos y piernas bañadas en pútrido líquido rosa. Alrededor se amontonaban unas sombras amorfas que le parecía igualmente recordar de algún sitio, aunque era incapaz de precisarlo. Una de aquellas erupciones lo golpeó transportándolo a un templo, uno muy extraño, con la figura de un león de dos cabezas y con patas de cabra, la cual estaba perfectamente tallada en cada rincón. Al salir se hallaba a la orilla de un lago que contenía un brillo inusual. Cuando se acercó contempló un suceso que nunca había conocido hasta ahora. En el lago se podían ver dos cristales gigantescos. En el primero, Alister vio a Erendy con la misma vestimenta del día en que la conoció en la cafetería. Pero ¿qué tenía que ver eso? Inmediatamente lo comprendió cuando, al desear regresar el tiempo, este en verdad retrocedía.

            Resultaba ser que ese mismo día el profesor de matemáticas faltó, se enfermó. Era la segunda vez que faltaba desde que trabajaba en ese colegio. Todos sabían de su seriedad y de su puntualidad, de su carácter formal y vigoroso. Pero ese día una salmonelosis lo incapacitó totalmente y, así, Erendy pudo salir antes de clases y asistir a la cafetería justamente en el tiempo en que Alister también fue. Además, su amiga casi la convence de ir a beber a un antro cercano. Sin embargo, cuando se encontraron las dos almas, se pudo percibir el nacimiento de un frondoso árbol al costado del templo y frente al lago, uno muy enorme y con frutas negras, de tronco dorado y de hojas anaranjadas.

            Al mirar en el otro cristal, Alister atisbó un futuro que había sido eliminado, además de estar envuelto en un extraño tentáculo lacerado, con un azul muy particular, como si el negro lo invadiera sin llegar a teñirlo por completo. En este nuevo futuro, vio más hechos ligados, los cuales desencadenaban una acción distinta cuya probabilidad resultó ser mayor a pesar de titilar en el borde del destino. Para empezar, vio cómo un niño fallecía en un trágico accidente automovilístico, lo cual ocasionaba que otro niño ganara un concurso de karate al haber muerto su contrincante en la final, luego una señora que parecía ser la madre de aquel pequeño preparaba unas maletas para más tarde tomar un avión, al parecer iba a competir a otro país. A continuación, un señor, que identificó como el profesor de matemáticas, se lamentaba de la partida de alguien, seguramente la señora y el niño eran su familia, sin más remedio preparó su comida del día siguiente él mismo, tan solo para despertar tarde al día siguiente y olvidarla, lo cual lo obligó a comer una torta de pierna en la cafetería de la escuela, lo cual le produciría una fuerte infección, ya que Alister lo observó mientras él entraba al consultorio. En el diagnóstico de la médica se leía claramente la palabra salmonelosis, correspondiente al registro del último paciente.

            De pronto el cristal se fracturó y un humo pestilente formó nuevas imágenes. Esta vez era Erendy con su amiga, saliendo de la clase de matemáticas, con el profesor recuperado y con todos los hechos anteriores tergiversados, el niño salvándose del accidente, el otro perdiendo la competencia de karate, la señora preparando la comida de su esposo y este sin enfermarse. Todo esto hacía que Erendy nunca conociera a Alister y en su lugar, en el momento en que en su universo normal se conocían, en ese otro ella se veía en un antro, bebiendo algunos tragos. Las cosas se salían de control cuando un joven conocido de la amiga de Erendy les hacía compañía. Alister pudo observar cómo entre ambos agregaban algo en la bebida de su futura compañera cósmica; a continuación, esta aparecía inconsciente y ambos se aprovechaban de ella, la violaban una y otra vez, el chico se venía adentro y finalmente un gran rayo de luz anunciaba el nuevo día, con muchos policías tratando de abrir la puerta de una casa abandonada tras recibir varios reportes de ruidos extraños. Al entrar la mayoría se desmayaba, pues lo que hallaban era una joven con la cabeza golpeada y la lengua cortada en tiras, los ojos machacados, las orejas perforadas y todo el resto del cuerpo aparecía destazado. Cada parte contenía un mensaje que decía: el destino no es tuyo, sino suyo.

Alister palideció y, en ese instante, la putrefacta inmundicia que antes lo había golpeado devoraba el humo y se fundía con las sombras malditas, para después ir y pegarse al árbol, el cual ahora podía notarse con un cambio sustancial. En una de sus ramas, la más alta y sobresaliente, se encontraba colgando una especie de capullo con algo adentro. Cuando trató de dilucidar qué se hallaba ahí, le pareció ver una silueta humana con alas, parecía y sentía como absorbía sus recuerdos, su esencia, su alma. Además, las hojas del árbol habían tomado un color más oscuro, hasta pasar a uno morado combinando con un rosa exquisito, parecían ser bugambilias. Cuando viró para mirar el lago, éste se había congelado al igual que el tiempo. Poco a poco sintió que era devuelto a su realidad, hasta que, con la mirada fija en uno de los hielos de la bebida que sostenía en su mano, reconoció a Cecila. De pronto, sintió desmayarse y, para cuando creyó haber despertado, se encontró en aquel antro, rodeado de aquellas personas ciegas y con Cecila observándolo. Extrañamente su reloj marcaba las 9:01, la misma hora en que comenzó aquella locura, sueño, universo o lo que haya sido.

            –¿Cuánto tiempo ha pasado? –inquirió nervioso.

            –Pues no mucho. A decir verdad, menos de un minuto –respondió Cecila bebiendo otro trago de ron.

            –¿De verdad? –replicó Alister–. Pues yo sentí que fueron milenios.

            –¿De qué hablas? Solo te pregunté algo y te quedaste callado. Y, aunque poco, fue lo suficiente para que me preocupara, parecía que estabas en otro mundo.

            Alister no entendía qué estaba ocurriendo, solo pensaba en aquel enigmático y execrable capullo, y en Erendy. Estaba tenso, pues ese sueño o visión le indicaban algo, posiblemente malo, que acechaba sus vidas. Sintió que era humillado por una entidad milenaria que se solazaba con su existencia, manejando los hilos a su antojo.

            –Bueno, eres raro, pero no me has respondido –insistió Cecila.

            Alister parecía conmovido, lo que atisbó era increíble. Sin embargo, en parte debido al alcohol, decidió que resultaba absurdo aquello y que lo más viable era seguir con la plática.

            –Eso es mentira, fuiste tú quien nunca me habló.

            –Claro que no, yo siempre te sonreía y tú te volteabas.

            –Mentira, no te creo nada. Pero ya no importa, pues, de cualquier forma, ahora nos estamos conociendo mejor.

            En este punto todo el lugar era un caos, había un descontrol total. La mayoría estaban ya muy tomados y tenían poco control sobre sus acciones, y apenas iba a empezar lo bueno de la noche, como se anunció en una pantalla. Alister y Cecila llevaban ya un buen rato platicando y haciéndose preguntas, hasta que ella decidió atacar primero.

            –Y… ¿tienes novia? –preguntó a secas–. Hace un tiempo te vi con una muchacha en la escuela, pero no estoy segura. Quizás es mi imaginación, pero ahora mismo tú me lo corroborarás.

            Alister dudó como nunca. ¿Qué pasaba con él? Erendy flotaba en sus pensamientos más que nunca. Seguramente, en esos momentos ella estaba ya recostada, dibujando, leyendo o haciendo alguna cosa interesante, podía sentir su ternura e inocencia. Por otra parte, pensaba en Pamhtasa, aquella desdichada acondicionada que ahora miraba a lo lejos, restregando ese exquisito culo en quien fuese, totalmente ebria y vomitada, sin conciencia alguna de sí misma, y que tan solo disfrutaba instintivamente de ser embestida por un falo; seguramente terminaría en algo más el asunto ese, daba igual. Finalmente, miró a Cecila y fijó su mirada en sus hermosas y salidas tetas. ¡Qué hermosas eran, qué excitantes, y no podía olvidar ese trasero enorme! Con gracia se acordó del día en que Yosex confesó hacerse la paja con Cecila, aquel Yosex que ahora yacía inconsciente debajo de la mesa, bestialmente ebrio.

            –¿Por qué tardas tanto en contestar? ¿Hay algo que me quieres ocultar?

            –No es eso, – replicó Alister– solo es complicado. En realidad, no sé si tengo o no.

            Incluso sin quererlo, negaba a Erendy por primera vez en toda su relación. Jamás creyó llegar a tal extremo, pero no se sentía culpable. Por su cabeza atravesaron las piernas soñadas de Vivianka y sus rechonchas y caídas tetas que tanto le ponían duro el falo. Se imaginó a las 3 fusionadas en una sola mujer: Vivianka, Cecila y Pamhtasa, dando como resultado a Erendy. Se sentía muy mareado para proseguir con disquisiciones de esa calaña, su capacidad de razonamiento estaba trastocada.

            –Mejor respóndeme tú primero –cuestionó tratando de devolver el golpe.

            –Eso es trampa, yo te pregunté primero –exclamaba Cecila con una picardía imperante en su mirada.

            Como por arte de magia, apareció una amiga de Cecila en escena, interrumpiendo la plática. Estaba totalmente alcoholizada y tomada de la mano de un fortachón vanidoso que no era su novio. Cecila, ya acostumbrada a los deslices de su amiga, se limitó a sonreír.

            –Y ahora ¿qué hace aquí tu novio? –preguntó Alister.

            –No es mi novio. Bueno, no exactamente. La verdad es que apenas lo conocí hace unas cuantas horas –respondió la amiga de Cecila despreocupadamente, ignorando cualquier clase de ficticia moral.

            –Ya veo, y entonces ¿quién es? –cuestionó Alister de nuevo.

            –Solo un buen amigo, ya sabes, algo para pasar el rato.

            El celular del fortachón sonó y este muy apresuradamente se alejó, al parecer era su auténtica novia. La amiga de Cecila se quedó sola, aunque no por mucho, pues un tipo cuya fealdad era sacrílega tomó el gigantesco culo de la zorra, quien sin dudarlo comenzó a embarrarse en aquel blasfemo, sin siquiera mirarle la cara; a tal grado llegaba su embriaguez. En su actual estado lo único que deseaba era ser penetrada sin importar por quién, ese era el poder del vicio humano combinado.

            –Pues sí, ¡sí tengo novio! –finalmente contestó Cecila.

            La percepción de Alister se hallaba ahora nublada, su hermosa visión del mundo de la cual tanto solía pregonar párrafos y discursos enteros se encontraba horadada y contaminada por una peste insaciable. Ya antes había experimentado los efectos del alcohol en su cuerpo y deseaba profundizar en el tema de las drogas, pero ahora estaba alcanzando límites insospechados. Todo daba vueltas y sentía como si nada más importase. Erendy se difuminaba cada vez más, al igual que todo lo que habían vivido. Una lascivia anómala lo invadía y hacía que su pene se pusiera duro como una piedra al contemplar a Cecila.

***

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