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Decantación Inmanente

Escarbando en las zonas donde antes sollocé, cavando tan profundamente como es posible a estas humanas manos, y como debe ser. Es el antiguo dilema que durante eones ha trastornado mi concepción de la vida en este jactancioso universo. Dos ojos flameantes se incrustan en mi frente para reemplazar a los verdaderos, a esos obedientes ciegos cuyas limitaciones me han irritado al rasgar el velo. Estaba tan enfermo de humanidad y tan atascado de implantadas ideologías, que decidí dejar de buscar en el exterior. Libros, ensayos, conferencias, brujas, entes, chamanes, rituales, viajes astrales, meditaciones, emancipaciones y hasta empecinamiento; traté, de cualquier forma, aniquilarme desde dentro. Inútiles fruslerías, todo terminó por ser falso y yo creí que las respuestas hallaría. Pero ahora entierro todo lo que fui e indagué para nunca más consultarlo, porque requiero reconstruirme para sobrevivir al ciclón de la destrucción.

Pero también esto requiero: asesinar mi espíritu y arrastrarme hacia el agujero, beber en el manantial donde soñé a la sombra delirando. Así, llegará hasta mí un sublime parpadeo, una mariposa alterando los desvaríos, y, en sus alas, tendrá grabados mis últimos suspiros. Yo la tomaré y la engulliré de un solo bocado, para que se reproduzca en mi interior y la metamorfosis se complete. Porque yo, antes inocente y escueto, ahora necesito ir al más allá sin morir; esa es la única manera para limpiar lo que por naturaleza hay en mí. ¿A dónde podría yo viajar? ¿Dónde me llevará toda el agua bebida cuyo oscuro matiz reflejaba pecaminosos objetivos? ¿En qué monte aterrizará lo que fuera mi pesada carga en el planeta de la tergiversada bondad? Porque yo sé perfectamente el secreto de la perdición para desnutrir las imputadas almas en los culpables sin corazón. Entiendo, barrunto, el punto de contraste entre someterse a la restricción o rebelarse y recurrir a la muerte.

Por eso la he llamado, y por eso ha venido hasta aquí reptando desde el fondo de mi dolor, decorando este lóbrego y lacónico teatro con las reminiscencias del ayer y del mañana, conservando la ilusión del retorno y del hoy. ¡No puede ser! Todavía no crecen las alas ni llega el choque esperado tras la primera inhalación, pero ya tengo que irme, dirigirme directamente hacia mi propia devastación. De otro modo, tendría que esperar los años injustos de la barbarie humana, las eras marchitas del consumismo desenfrenado, los cruentos momentos donde las pieles se han arrancado. Yo, supongo, conservo la mía, la guardé en un pocillo dentro de mi consciencia, y el tiempo la cuidó cuando al paraíso intenté escapar. Pero volví y traje conmigo a un dios, que no era real, sino opuesto a la imitación. Ya debo irme, es el momento de arrojarme desde esa magnífica torre construida por las manos más ingratas y grotescas; es la hora de saltar y tomar ambas cuerdas para conectarlas a mis oídos.

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Libro: Locura de Muerte


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