Creemos que somos muy racionales, aunque sin sospechar que nuestra existencia es tan solo una ínfima parte de un gran conglomerado de ridículas contradicciones orquestadas por la pseudorealidad… ¿Hacia dónde diablos va todo esto? Esta locura suicida y colectiva de la que jamás quisimos formar parte, pero en la cual nos hemos visto obligados a permanecer hasta nuestro inefable (y más que indispensable) funeral.
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¡Qué repugnancia siento cuando recuerdo esos primeros años donde comencé a ser consciente de la horripilante pseudorealidad en la que por desgracia tuve que existir! Recordar el blasfemo adoctrinamiento al que fui sometido por mis padres, los profesores y cualquier imbécil que buscaba imponer sus absurdas creencias en mi ya de por sí endeble humanidad… Todo eso es algo que me ocasiona terribles náuseas y un grotesco deseo de acabar conmigo esta misma noche… ¡Quisiera simplemente vomitarlo todo y borrar mi nefanda existencia para siempre! ¡Quisiera jamás haber existido en esta horrible dimensión, prisionero de este traje carnal que cada día más me deprime y me enferma sin parangón! Si fuera posible desaparecer por completo, entregarme al vacío eterno y que mi esencia se fundiera para siempre en la inexistencia absoluta. Pero no, debo continuar aquí… Atormentado por toda clase de dilemas y asqueado de la putrefacta humanidad (de la cual jamás solicité formar parte). ¿Qué demonios ha sido todo esto? ¡Santo Cielo! Esta siniestra, absurda y deplorable experiencia; gobernada de alguna extraña manera por el caos más blasfemo y destinada al olvido sempiterno. No podría ser de otra manera, supongo; puesto que vivir ha sido, indudablemente, la peor de todas las tragedias. Y una para la cual ningún supuesto paraíso o reino celestial podría servir de consuelo, ¿cómo podría? ¡No podría! Si mi libre albedrío se ha visto pisoteado del modo más cruento y funesto, y sin que yo haya podido oponerme lo más mínimo… La existencia humana, así pues, debe ser un castigo de los dioses; un abyecto tormento a fuego lento que dejará marcada nuestra alma hasta el final de los eones.
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Y pasa que, para los suicidas melancólicos como nosotros, ya la vida no tiene ningún sentido… Y cada momento, persona o lugar no significan tampoco ya nada. Lo único que nos queda, entonces, es buscar la manera más rápida y óptima de poner fin a nuestra infinita miseria. Eso y no otra cosa, eso y no otra mentira más de la grotesca pseudorealidad. ¿Qué más podría aliviar nuestro desconsolado y roto corazón que no fuese la muerte? Una muerte trágica, dolorosa, lenta y solitaria… ¡Tal y como lo fue nuestra deprimente y humana existencia! Porque quizá solo así podría refugiarme entre tus brazos y permitir que toda mi sangre se derrame en tus alas centelleantes: mi inefable ángel, tan onírico y celestial… Si pudiera reflejarme en tu mirada solo una vez más, ¿es que acaso no sería entonces mi vida solo un fúnebre desvarío de mi atormentada razón?
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¡Qué punzante y fatal agonía implica cada nuevo día! Ahora entiendo porque no se nos da a elegir, pues ¿quién en su sano juicio elegiría esta prisión carnal en este execrable y estúpido mundo? Claramente, somos obligados a venir aquí y experimentar toda clase de dolores, infamias e injusticias; todo tipo de tragedias que mermarán lentamente nuestra humana y nula voluntad. ¿Para qué estamos aquí? ¡Maldita sea! No hay respuestas, claro que no. Tan solo permanece, después de todo, un lúgubre y vehemente silencio que más nos sumerge en nuestro propio abismo de nauseabunda culpa e infinito malestar.
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En este punto, ya no me queda ninguna duda de que esta existencia es solamente una cárcel nefanda y vomitiva. Ya que, si así no lo fuera, ¿por qué siento entonces tal obligación de existir? ¿Por qué existo si no lo deseo? Resulta evidente, así pues, que no tuve elección alguna; y que venir a este mundo es solo el peor de todos los castigos. Ahora ya solo resta lamentarse por estar aquí y preguntarse diariamente: ¿qué cosas tan terribles y siniestras habremos cometido en ese supuesto «más allá» para haber sido arrojados al mundo humano completamente solos y rotos? Y, en verdad, creo que nunca tendremos respuestas; al menos no respuestas convincentes para seres como nosotros: para todos aquellos que nacimos con un vacío en nuestro interior imposible de llenar; sin importar con quien estemos, a donde vayamos o lo que sea que hagamos. La fatal sombra de la eterna melancolía y el hartazgo existencial extremo siempre se posará sobre nuestra efímera esperanza y devorará cualquier posible sueño o meta. Y todo sin que podamos intervenir, pues nuestro libre albedrío parece ser solo una fantasía en la que hemos decidido creer para no enloquecer por completo o pegarnos un tiro hoy mismo… ¡Quién sabe! Hasta creo que, después de todo, mejor sería no volver a abrir los ojos nunca. Sí, ¡cuán espléndido sería no volver a despertar jamás! Eso y no otra cosa debe ser, creo, el paraíso. Y todo para no tener que seguir soportando a la inmunda raza humana y todos sus atroces desvaríos, todas sus miserias cotidianas. Pero no, aún no es así; por desgracia, yo todavía sigo aquí… Y eso, ciertamente, es mucho más deprimente que cualquier triste y lúgubre pesadilla.
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No entendía por qué las personas creían que me interesaban sus miserables y patéticas vidas, cuando lo único que yo deseaba en realidad era que me dejaran en paz para siempre… Me molestaba que me hablaran, que me preguntaran cosas; que me miraran y me buscaran. ¡Con un demonio! ¿Acaso era tan difícil comprender que los aborrecía a todos y que quería extirparlos de mi ser de la manera más cruel y sanguinaria posible? Y, si había algo que pudiese muy remotamente considerar como «mi felicidad», sería precisamente eso y no otra cosa: morirme y olvidar todo lo que en este nauseabundo mundo conocí y a todos a quienes tuve que soportar absolutamente en contra de mi pisoteada y humana voluntad. Sí, solamente eso y nada más me interesaba ya; desaparecer por completo en un lamento de amargura final que fuese capaz de conjugarse con mi infinito malestar y el triste fenecer de mi agónico y devastado corazón… Pues, ciertamente, yo jamás solicité esta fatal experiencia carnal; y no puedo sino sentir sempiterna repulsión e inenarrable hastío hacia todo lo que fue mi deprimente y absurda existencia. ¡Ay! Ojalá yo nunca hubiese venido a esta putrefacta y anómala pseudorealidad, porque entonces así hubiese yo sonreído como nunca en los tiernos brazos del silencio eterno.
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Desasosiego Existencial