La humanidad, ¡qué gran chiste! Y pensar que alguna vez se consideró que esta raza de monos dependientes de zarandajas, adoradores del sexo y el dinero, ahítos de falsas ideologías y perfectamente corruptibles era la máxima representación de la evolución. Creo que hasta una mosca desempeñaría mejor el papel, pues ambas especies disfrutan del mismo modo posarse en el más sórdido excremento. Solo que la humanidad lo hace por placer y lo seguiría haciendo una y mil veces sin importar cuánto pudiera presentársele en el camino. No estamos hechos para grandes cosas, esa es la verdad. Quizá por eso dios mismo, o quien sea que nos haya creado, decidió abandonarnos a nuestra suerte en este infierno de emociones contradictorias y sórdida putrefacción. ¿Para qué existimos? No sabemos de donde venimos ni a donde vamos, solo nos engañamos al asumir que habrá un camino por recorrer o una meta por lograr. Somos esclavos irremediables de la pseudorealidad, víctimas de cada errata del caos y náufragos de la verdad. Puede que, al final, algo o alguien se apiade de nosotros; lo hará tan solo porque nos tendrá inmensa lástima, porque verá algo en nuestra fúnebre miseria que le hará perdonarnos por cada decisión fallida e ilusión rota.
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Lo que más me molestaba de dormir era el hecho de saber que, pasadas unas cuantas horas, debía despertar y continuar mi inútil existencia entre la pestilente sociedad donde me hallaba preso. Solo el sueño aliviaba momentáneamente el peso tan enorme que vivir representaba, y es que vivía por mera obligación, por una cruel y absurda errata del azar. Porque, ciertamente, yo nunca quise existir… Aquí todo me deprimía en extremo, me ocasionaba estados de avanzada desesperación y de brutal agonía. No importaba cuánto llorara, cuánto me lamentara por ser tan cobarde y no quitarme la vida aún. Seguir no era una opción, eso lo sabía a la perfección desde hace mucho; nada había ya que me interesara en este abyecto pandemónium de monos homicidas. Aquí todo hedía a desolación, a amargura y sinsentido. Este mundo era solo una pútrida equivocación, una isla de ignominia sin fin en donde la locura era lo más sensato a lo que se podía aspirar… Estaba solo, brutalmente solo, pero eso y no otra cosa era lo mejor. ¿De qué servía la compañía de los humanos? Si todos eran tan horriblemente nauseabundos y patéticos, si todos abrazaban la intrascendencia con una fuerza incomparable y siniestra.
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Sabía, empero, que la puerta permanecía siempre abierta…; y que intentar hallarle un sentido a esta miseria era absolutamente enloquecedor, algo que trastornaría hasta al ser más cuerdo y apacible. Lo mejor era solo soportar hasta que la llave estuviese lista, hasta que el asco de ser humano conquistara el deplorable impulso de permanecer vivo. ¿Llegaría en verdad tal momento de divina lucidez? Entonces ya no habría nada más que lamentar, nada que impidiese el ascenso a mundos supremos donde los monos no pudiesen penetrar. Mientras tanto, sin embargo, ¿era menester soportarlo todo con una estúpida sonrisa en la cara? ¿Debíamos ser amables con nuestros patéticos semejantes porque eso demostraría nuestras virtudes, evidentemente superiores? Quizá la hipocresía era la madre de todas las virtudes, la peligrosa senda en la cual tantos resbalaban sin parar; el engaño de quienes no se cansaban nunca de no ser ellos mismos y cuyo rostro ya no podían reconocer como propio. ¡Que extraño hablar de todo esto! Lo único que yo quería era matarme, olvidarme por completo de que alguna vez conocí este mundo y a sus horribles marionetas.
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No hay, considero, mayor perdedor que el patético soñador quien, por alguna ridícula razón, aún tiene esperanza alguna en la humanidad. ¿Es que podría alguien esperar todavía algo de esta caterva de monos sedientes de efímero poder y banales ensoñaciones? Indudablemente, la ironía hablaba por sí misma: esta realidad no tenía ninguna razón para ser, pero era y cada vez empeoraba la inmundicia que en ella se producía y se experimentaba. El fin del mundo era solo una promesa perdida en algún inexistente marco de tiempo al cual jamás tendríamos acceso; algo tan irreal como esperar que esta noche sí nos atreviésemos a matarnos al fin. Decían que la paciencia era una virtud, pero yo ya estaba cansado de estas y otras tantas tonterías más esparcidas por las masas sin reflexión alguna. ¡Qué asqueado me sentía de todas las cosas, personas y lugares! Ya no me sentía cómodo de ninguna manera y mi desesperación, ciertamente, parecía solo incrementarse sin límites.
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El suicidio era el acto más hermoso que se podía llevar a cabo en vida, ninguna duda podía haber en tal razonamiento. Sin embargo, era también demasiado sublime y puro para que seres totalmente envilecidos y con espíritus carcomidos por la desdicha de existir pudieran entenderlo. Para alguien tan cansado y desesperanzado como yo, suicidarse significaba volver a vivir lejos de este abyecto mundo; significaba volver a conectar con la esencia más profunda de uno y de las cosas, volver a nacer sin la funesta sombra de lo humano. Ojalá pudiera hacerlo en mi próximo cumpleaños, encerrado en mi habitación como siempre y odiando cualquier encuentro o interacción. Hacía mucho tiempo que vivía así, de hecho. Y no tenía intenciones de cambiar mi amada soledad por nada ni por nadie, salvo quizá solo por el resplandeciente sortilegio de la muerte.
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Encanto Suicida