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Manifiesto Pesimista 27

Algunas ocasiones incluso debía retirarme de lugares donde me hallaba por mucho tiempo rodeado de tantas personas que no se callaban nunca; pues, si me quedaba, experimentaba un profundo hartazgo y una incontenible sensación de asco. Si no me marchaba, supuse más de una vez, terminaría por asesinar a alguno de los ahí presentes, ya que su simple existencia, preñada de una estupidez sin límites, era algo dolorosamente intolerable.

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La auténtica agonía quizá no era vivir como tal, sino cómo hacerle para sobrellevar tal acto. No había ninguna guía ni tampoco nadie que indicara cómo vivir correcta o incorrectamente, y esta incertidumbre matizada de dudosa libertad era a veces incluso mucho más insoportable que cualquier otra cosa.

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La existencia en sí misma es ya algo sumamente molesto y horrible, pero nosotros, los repugnantes seres humanos, nos hemos encargado de llevar tales condiciones y otras tantas más al más alto escalón posible. No merecemos, así pues, sino una sola cosa: la extinción definitiva de nuestra nauseabunda e irrelevante especie.

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El pantagruélico manjar con que nos obsequia esta vida incongruente está plenamente conformado por el sufrimiento, la agonía, la desesperación, el hastío, la ansiedad, la tristeza, la locura y el desamor. ¿Por qué no vomitarlo de inmediato? ¿Por qué no evitar incluso comerlo? ¡Lástima que esto último ni siquiera sea una opción! Pero lo que sí es una opción y, de hecho, la mejor de todas es permanecer en ayuno hasta que la muerte nos salve y purifique todas nuestras miserias y dolores.

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¿Quién podrá salvarme de mí mismo ahora si no eres tú? ¿Acaso no vendrás esta noche por última vez y alejarás un poco las tinieblas de la amargura con tu cálido resplandor? ¡Qué más da, al diablo todo! Tal vez sea esta la irrefutable señal de que ya no debo postergar más mi encuentro con la soga…

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Manifiesto Pesimista


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