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Romántico Trastorno 27

No sabes cuánto me hubiese gustado haber mirado tu hermosa sonrisa cada mañana y haberme embriagado con el dulce rocío de tu boca cada noche… Pero tales quimeras solo existen ahora en mi retorcida imaginación, pues no era yo el indicado para contemplar la más magnífica y perfecta obra de arte en este ensueño absurdo que es la vida: tú.

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Todo tendía a ello, cualquier acto estaba siempre infectado por sus malditas garras. Todo lo que yo era y hacía, todo lo que comía y respiraba, todo lo que sentía y lo que ilusamente amaba… Sí, todo siempre estuvo bajo el influjo de ese ente que corrompía tarde o temprano cualquier momento, compañía o lugar: el absurdo.

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La humanidad no debe continuar reproduciéndose, eso debe quedar claro. Es una tontería creer que algo de esto a lo que llamamos existencia nos pertenece y que podemos hacer con este mundo lo que queramos. En realidad, somos solamente dueños de la nada y lo único que podemos hacer para salvar el mundo es matar a nuestros execrables semejantes y luego suicidarnos.

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La muerte conservaba dentro de sus misteriosas páginas una historia mucho más interesante que el monótono y miserable manuscrito que era mi vida. Al menos tal era mi concepción y no podía ya evitar pensar en esto a cada instante. Para los otros, era yo un loco; para mí, eran ellos unos náufragos del absurdo.

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La existencia carece de todo sentido por sí misma, al menos es lo más evidente. Y es así ya que siempre son los elementos externos y los incentivos del entorno los que nos hacen creer que todo lo que somos y hacemos tiene un fin determinado o algo parecido. Pero ¿no es esto mismo en sí un funesto absurdo del que desesperadamente intentamos convencernos? ¿Cómo aceptar un sentido que siempre está condicionado al exterior y que no puede surgir desde lo más intrínseco de nuestro ser? Es más, ¿puede surgir algo realmente de nuestro interior que sea lo suficientemente convincente para aceptarlo como un posible sentido de la existencia? ¿Qué certeza tenemos de que tal sentido no sería sino solo un espejismo más del infinito sinsentido que parece gobernarlo todo?

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Vivir ya no significaba nada, respirar ya ni siquiera era importante; acaso jamás lo fue. Todo lo que hacía, bien lo sabía desde hace tiempo, era tan solo dejarme llevar por el dulce aroma de la nada que tarde o temprano culminaría en mi catártica muerte. Entonces y solo entonces podría ser libre del mundo, de la realidad y de mí mismo.

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