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Razonamiento

El irremplazable remolino de explosiones que ocasiona tu presencia en mí no puedo expresarlo de ningún modo, bajo ningún arte, literatura o ciencia. Mundos oscuros son los que recorro en fantasmagóricas y agonizantes esencias hasta poder elucubrar sobre los misterios de tus ojos, sobre los enigmas que se parapetan detrás de esos labios rosados y exquisitos que, con inconcebible placer, he devorado en las noches de la sombría luna llena. Y es que a través de ti se escindió esta sempiterna alma mía para ya no pertenecerme solo a mí, sino que, en su mayor parte, fue hacia ti arrojada y en tus pieles impregnada. Tú eres la muerte en la cual quiero agonizar por siempre y eres la locura en la cual quiero divagar eternamente. Son tus labios los que no me canso de adorar y es tu silueta con la que no dejo de alucinar. Eres perfección pura, poesía hecha carne; eres el símbolo que requiero para descifrar todos los secretos de mi melancólico sino.

Más que el placer en el plano físico de esta inverosímil existencia se trataba del dulce aroma que emanaba de tu ser interno y que, en mis más delirantes sueños, resplandecía asumiendo formas de cromáticos y álgidos destellos, adornados con los sonidos de tus características risas y confeccionados con el brillo fulgurante que únicamente en esos grandes y centelleantes ojos tuyos podría atisbar con tal plenitud y abundancia. Tan vasta era la copiosidad de este sentir que difícilmente llegué a colegir su origen, pues parecía más una hermosa y cerúlea quimera que una entidad del mundo real. Adorarte entonces se convirtió en algo más necesario que respirar, se convirtió en mi sempiterna obsesión. No podía dejar de pensar en ti ni un solo momento y, cuando lejos de mí estabas, todo en mi maltrecha existencia me parecía el más cruento tormento. Solo piedad es lo que suplicaba mi compungido espíritu a tu boca escarlata, pero solo obtuve extraña indiferencia.

Sin embargo, comprendí, en estos oníricos poemas dirigidos hacia ti, que esta existencia era la única donde yacía una material apariencia que me hacía entenderte y desearte. Fueron tus manos las que recogieron el malogrado corazón que en mí todavía existía y fueron tus caricias las que me indicaron que aún vivo seguía, pues hasta antes de ti era solo un cascarón, un ente marchito que se contaba más en el reino de los muertos que en el de los absurdos vivos. No sabes cuánto he agradecido tu llegada, pues en esta ínfima e ilusoria realidad has dado un motivo a mi corazón para continuar con su endeble palpitar. Me has recordado que aún fluye sangre por mis venas y que, si es contigo, creo que quiero permanecer todavía vivo. Pero no lo sé, quizá solo escupo palabras sin sentido; quizá me mate esta misma tarde al llegar a mi habitación y saber que no podré volver a besarte nunca. ¡Son tan fuertes y encantadores los deseos de desaparecer por completo que no puedo sino fundir en ellos mi razonamiento!

***

Anhelo Fulgurante


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