Los días son tan monótonos, la realidad tan horrible y mi vida tan absurda. ¿Qué más podría hacer para zanjar esta ridícula pantomima sino desvanecerme por completo en el embriagante y reconfortante fulgor del encanto suicida? Continuar así sería un vil desperdicio: sumergido en esta abismal desesperanza ante la cual mi llanto palidece con estrepitosa y atroz melancolía.
*
Realmente la realidad ya no es soportable, ya no queda nada qué experimentar ni averiguar. El mundo es un asco y los seres que lo habitamos deberíamos ser erradicados cuanto antes… No hay nada por salvar, nada por soñar ni nada por lo cual valga la pena volver a sonreír mínimamente. La desesperanza lo ha conquistado todo, se ha escurrido por cada rincón de mi melancólico corazón y ha devastado cualquier posible resplandor. Supongo que, ahora sí, este será el apocalipsis de los espíritus rotos y solitarios; ese que por tantos eones he añorado con nostálgica amargura y sin poder anular mi trémula intuición.
*
Más comúnmente de lo que pensamos, las personas nos estorban más de lo que podrían ayudarnos. No es solo que nos quiten el tiempo y la energía de un modo absurdo y sórdido, si no que cualquier interacción resultará en un constante conflicto de ideales y emociones… Y es así porque, en el fondo, la humanidad solamente saber juzgar con base en sus nefandos prejuicios y falsas concepciones sobre la realidad, la existencia, la moral, etc. Y cuando algo o alguien no encaja dentro de sus patrones inculcados, simplemente no pueden soportarlo. Porque sus mentes enfermas y adoctrinadas ya han sido de antemano configuradas para pensar de determinada manera y para contemplar limitadas perspectivas y escasos puntos de referencia. He ahí el magistral trabajo de las élites y del control de masas, del glorioso lavado de cerebros llevado a cabo desde tiempos inmemoriales y cada vez más perfecto. Mas el ser aún no está listo para despertar y acaso nunca lo esté: es todavía demasiado humano e ingenuo, está todavía demasiado imbuido en el abismo para hacer que su luz inmanente comience a iluminar su trágico destino por primera vez. Nada puede hacerse o decirse que sirva de consuelo, pues en verdad creo con toda mi alma que este mundo está acabado y condenado al más infame sinsentido y a la devastación inmanente. ¿Por qué hemos sido arrojado aquí? ¿Por qué nosotros? ¿Por qué ustedes? ¿Por qué yo? Tal parece que esto es un sueño, una broma o una triste y cruel paradoja de los dioses en su mayor momento de solemne aflicción. ¡Ay! No me basta con morirme y nada más; lo que yo necesito es olvidar todo los que por desgracia tuve la desdicha de conocer y a todos con quienes lamentablemente tuve que relacionarme. La soledad y el silencio habrán de cobijarme ahora, al menos hasta que pueda abrazar sin remordimiento la misteriosa silueta del suicidio.
*
La verdadera fortuna de la vida es que exista la muerte; lejos de eso, creo que todo lo demás no significa ya nada… ¡Ay! ¿Quién nos quiso causar este daño tan profundo e irreparable? Arrojándonos despiadadamente y sin ningún maldito sentido a esta horripilante pseudorealidad, padeciendo toda clase de sufrimientos y teniendo que soportar a nuestros patéticos e inútiles semejantes. No hay esperanza alguna realmente; todo está derrumbándose trágicamente y nosotros estamos enclaustrados en el centro de esta insondable y caótica miseria. ¿Qué nos queda además de nuestra sórdida y eterna tristeza? Acaso solamente dejar de mentirnos tanto y, al fin, cortarnos las venas sin dudarlo ni un solo segundo más…
*
Y pensar que, en algún momento, quise cambiar este horrible galimatías. No sabía lo ingenuo que era en ese entonces, pues ahora lo único que quisiera es destruirlo todo, incluyéndome desde luego. ¿Qué caso tiene que este mundo triste y enfermo siga adelante? La humanidad está acabada, nosotros aún más. La miseria lo ha conquistado todo, se ha incrustado en cada rincón de mi espíritu atormentado y ha desfragmentado cada efímera y posible esperanza. No elegimos estar aquí, algo o alguien nos obligó y se regocija con nuestro deplorable dolor… La «costumbre de existir» es acaso lo único que nos mantiene aquí, aunque no tenga ningún caso y aunque lo único que queramos sea desaparecer por completo. Nadie podrá nunca entendernos, mucho menos amarnos; somos tan miserables y estamos tan rotos que ni siquiera el diablo nos querría un poco. Nuestro destino, así pues, es padecer este infinito y sepulcral tormento en la más desesperante soledad y en la más cruenta amargura. Lamentarnos en la sombría nostalgia de nuestra alma desangrada y alucinar con una felicidad que no es sino una broma del destino en su trono de caos atemporal. Sufriremos y enloqueceremos sin que a nadie le importe, quizá ni siquiera a nosotros mismos. Nos hemos enamorado de un grotesco espejismo cuyo único reflejo sabe a tus besos, esos que ya nunca me pertenecerán y que ahora se derraman sobre una boca que ya jamás será la mía… Recuerdos que se sienten como una daga infernal atravesando mi putrefacto corazón, al menos hasta que podamos abrazar con embriagante plenitud la misteriosa y hermosa espiral de la muerte. Al menos hasta que, finalmente, pueda ser verdaderamente libre de todo y de todos: de mí y de ti, del paradójico juego de la existencia y del susurro de los ángeles que puede percibirse en las gritas del sol.
*
Odio este mundo absurdo, detesto esta nauseabunda realidad, aborrezco a la deplorable humanidad y quiero morir cuanto antes… ¿Eso da una idea de la siniestra desesperación existencial que inunda mi ser diariamente? ¿Por qué se tiene que existir? ¿Cómo es que aún no me he matado? Yo, el último de los atormentados; el príncipe del caos devorador de universos… Pero no, todas esas son lúgubres fantasías de mi corazón envenenado por el grotesco sinsentido de este plano ignominioso; por la extrema crueldad con que el tiempo fornica mis neuronas putrefactas y carcome aún más el ocaso de mis sueños rotos. Pronto todo acabará, eso es innegable. Pero, mientras tanto, la misma tortura persiste y se acrecienta con cada segundo en que mi eviterna agonía más insoportable y profunda se torna. Esto es un juego, supuestamente. Bueno, pues realmente yo nunca quise estar en él ni mucho menos presenciar su anómalo flujo. La ironía es que, cuanto más intento desprender de mí todo rastro de humanidad, más me hundo en la tenue cobija debajo de la cual se asfixia incesantemente el apocalipsis de mi sonrisa desfragmentada. El choque final sobrevendrá sin previo aviso y no sé si estaré listo para su infeliz presión, para toda aquella neblina resplandeciente en la que se disuelven irrevocablemente el pasado, el presente y el futuro de todas mis desgracias. ¡Ay! Creo que esta vez no queda nada en mi interior con lo que pueda mitigar la infame desesperanza que empuja con furia, que tanto brama para apagar definitivamente la efímera luz a la que quizá aún me aferro sin siquiera saberlo o desearlo.
***
Romántico Trastorno