Además de la locura y la crápula, ¿qué más quedaba sino la muerte? Creo que nada, al menos no para un vil demente como yo… Si Dios no existía, si todo lo que había era tan solo un silencio sepulcral y sempiterno, ¿qué más restaba por llevar a cabo sino el suicidio? Sobre todo, para alguien como yo: un extraño que siempre estuvo triste y solo, un extranjero que jamás perteneció a ningún lugar ni a ninguna persona… Pese a todo, no me arrepiento de nada. Estuve solo, pero ¿no es acaso únicamente en la soledad donde uno puede experimentar por primera vez en toda su inmunda existencia lo que es la libertad, la verdad y el amor propio? Hundirme en mi ocaso multicolor, aterrizar sin retorno en la embriagante silueta del vacío cósmico; ¡eso y nada más es lo único que mi espíritu agonizante añorará desde hoy y hasta el fin de la eternidad! Yo no soy de este mundo, jamás lo fui y no me interesa serlo; ¡mejor que así sea! Y, si pudiera disolver cada recuerdo en un océano de olvido infinito, no dudaría ni un segundo en hacerlo. Las cosas de la muerte son las que me han cautivado con su fúnebre esencia y no todas esas absurdas creencias en las que los vivos han depositado desde la antigüedad su falsa y abyecta esperanza. Pero ya no más, ya no más para mí; ya nunca volveré a cegarme con las ilusiones que atrofian el alma y despedazan la luz interna. El despertar se acerca y lloro de auténtica felicidad, de gozo incuantificable al saber que, en breve, dejaré atrás todo vestigio de mi atroz humanidad y mi trágico sufrimiento.
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Resulta natural perder la fe en el mundo, en la humanidad y hasta en uno mismo… Resulta entonces también natural que solo el suicidio pueda consolarnos ya y que tan solo añoremos la muerte por encima de cualquier otra cosa, persona o circunstancia. De cualquier manera, ¿qué más podría aguardarnos en esta pesadilla existencial sino más sufrimiento y la insoportable angustia de tener que vivir siempre un día más? ¡Que sigan viviendo los que aún conservan esperanza alguna, aunque sea en lo más irrelevante y patético? Mas ¿por qué nosotros, los que solo soñamos con nuestro dulce ocaso, debemos continuar peregrinando en este pantano de eviterno e infernal desasosiego? El sinsentido parece ser, así pues, la única constante; tanto aquí como allá, tanto en lo bueno como en lo malo, tanto en la vida como en la muerte. Pero quizás esté yo equivocado, o tal vez solamente esté demasiado aburrido de mi propia miseria y hastiado de cualquier posible bienestar. ¿Cómo puede uno sentirse feliz estando atrapado en esta prisión existencial-carnal de la que parece no haber escapatoria alguna? ¿Cómo puede uno no odiarse a sí mismo conforme más vive y descubre su verdadero yo?
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«Así pues, la niña se preguntaba noche tras noche dónde estaba Dios cuando su propio padre abusaba de ella y la maltrataba, sin sospechar que tal vez Dios solo pasaba de largo ante tal acto…» Esto me hace pensar si en una entidad divina todopoderosa la indiferencia ante el sufrimiento no lo vuelve cómplice del mismo, o cuando menos un mero espectador indispuesto a intervenir siquiera un poco. Pero ¿qué sé yo de estas cosas? ¿Qué sé yo de las cosas del cielo o del infierno? ¿Del bien y del mal? ¿De lo divino y de lo humano? Sé lo mismo que cada mono parlante que proclama saber la verdad y conocer la voluntad de Dios en templos y sermones: nada. Y quizá, después de todo, sí exista una respuesta y una razón para cada acto acontecido, sin importar lo cruel o lo bello de su esencia. Claro está que nada jamás justificará el sufrimiento experimentado, al menos no aquí y no ahora… Solo restan entonces dos opciones: resignarse o matarse. La tragedia de la existencia humana parece ser algo de lo cual uno podría reírse hasta asfixiarse de no ser por una simple condición: estamos también en ella, somos parte de su sórdido y nauseabundo flujo. Tal parece que hemos aceptado este funesto calvario por alguna razón desconocida que no podemos averiguar en el tiempo presente y que me hace cuestionar seriamente todo ese cuento del libre albedrío y la misericordia celestial. ¿Qué más he de hacer, pues? Lo único que puedo hacer es torturarme, hacerme daño a mí mismo y, por paradójico que suene, en lo más profundo de mi despedazado corazón, en verdad deseo con todas mis fuerzas que Dios no sea solo una fantasía más de esta enferma civilización.
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Ver noticias me parece la mejor manera de ver cómo el mundo se pudre feliz y lentamente en su agónica miseria… ¿Para qué intervenir? ¿De qué sirve continuar en este tenue y amargo lamento? Tratar de pelear contra el destino y el sufrimiento solamente terminará por devorarnos y destruirnos internamente, por opacar nuestra luz celestial. Y quizás hasta sería mejor darle un empujón a este mundo putrefacto para que termine de hundirse en su abismo decadentemente infernal. ¿Por qué no? ¿Es que acaso resta aún algo o alguien que valga la pena salvar? Mejor que todo colapse y que el caos reine por completo; mejor que nosotros esta misma noche nos cortemos las venas y escapemos hacia un idílico más allá del cual no sea ya posible retornar… Tal vez esa y no otra es la triste verdad que nos negamos a asimilar: el vacío termina por conquistarlo todo y la soledad será nuestro único refugio en las más deprimentes sonatas de muerte.
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¿De qué servía rezarle a un supuesto Dios si nunca respondía? Creo que sería mejor pedirle que este mundo se acabara, a ver si eso sí puede cumplirlo… Y tal vez, después de todo, la culpa sea solo nuestra. Sí, por esperar algo de lo inexistente; por esperar algo de aquello que jamás ha conferido ni una sola respuesta a nuestras súplicas. Por otro lado, de lo humano tampoco se puede esperar gran cosa; hasta diría yo que nada. Esperar algo de lo humano es lo mismo que morirse en el más irreal de todos los delirios; simboliza un auténtico y trágico sinsentido. ¡Ay! Tal parece que, sin importar lo que hagamos o creamos, estamos condenados a sufrir irremediablemente y hasta nuestro deprimente ocaso. Llorar amargamente cada fatal anochecer es lo único que nos resta; al menos, un efímero consuelo antes del colapso definitivo de nuestra consciencia ensangrentada. Nuevamente la misma historia: nos hemos mentido ya por tantos eones que creo que hasta hemos terminado por olvidar la más mínima pizca de verdad. No somos importantes, no vamos hacia ningún lugar y suicidarnos sería, indudablemente, lo más sensato que podríamos llevar a cabo en este precipicio inmundo y atroz… ¡Cuán lejos nos hallamos de nuestro hogar! ¡Cuánto dolor existencial tendremos todavía que soportar! Y ¿para qué? Para nada, realmente para nada…
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Romántico Trastorno