Los humanos son la peor miseria de la existencia, su absurda creación ha ofendido la divinidad del espíritu supremo. Y la manera tan despreciable en la que transcurren sus míseras vidas es la prueba contundente de que su aniquilación sería el acto más sensato para cualquier entidad superior existente. De no ser así, creo que debemos prepararnos para lo peor y resignarnos a que solo la muerte podrá ya liberarnos, espero, de tan blasfemo despliegue de sinsentido y mundanidad. ¿Qué más cabría esperarse de seres como nosotros? Criaturas ruines y efímeras, adictas a los más nefandos autoengaños y sin ningún ápice de auténtica originalidad. E incluso el más talentoso, santo, supremo, sublime o elevado de entre toda esta caterva de monos parlantes es, a mi parecer, todavía demasiado humano. Pues para desprenderse de todas las capas que la pseudorealidad ha tejido a nuestro alrededor no basta con solo volverse plenamente consciente de ello; de hecho, esto es tan solo el primero paso… Lo fundamental y, asimismo, trágicamente siniestro es tener el valor de ser uno mismo y amarse a uno mismo por encima de todo y de todos; es decir, de destruir todo lo que el mundo y los otros nos han convencido de ser para comenzar a ser nosotros mismos de verdad. Para esto, claro está, la gran mayoría no está ni cerca de acercarse tan siquiera un poco a tal revelación; porque nada ofende y lacera más lo humano que su latente irrelevancia y su indispensable extinción. ¡Qué infame y nauseabunda es nuestra terrenal existencia, tan grotescamente plagada de una atroz inutilidad y una estupidez sin parangón! No hay cosa de la que me arrepienta y me lamente diariamente con mayor amargura que el pertenecer a esta raza absurda y seguirlo haciendo absolutamente en contra de mi ilusoria voluntad.
*
No encuentro aquello que tanto busco y quizás es porque busco algo sin sentido: la verdad en un mundo corrompido por la mentira, sostenido por la pseudorealidad y destinado a la putrefacción de los miserables humanos y su patética estirpe. Supongo que no pertenezco aquí y que jamás hallaré consuelo alguno mientras no tome la soga y la ate majestuosamente a mi cuello para llevar a cabo mi última creación: la destrucción de mi propia humanidad con tal de experimentar algo más allá de todo lo conocido y también de lo desconocido.
*
Era todo lo que podía hacer para sentirme menos muerto: crear mis propias ideas y luego obsesionarme con ellas. Solo así era ya soportable el devenir del tiempo y todos los malestares que con él se cernían sobre mi cielo en llamas. La locura no estaba muy lejos tampoco, pero algo en mi interior quería mantenerse cuerdo hasta el último momento; sí, hasta ese supuesto instante donde debía producirse el anhelado desprendimiento entre la carne y el espíritu. Mientras tanto, debía proseguir en esta siniestra lucha conmigo mismo y tratar de entender un poco quién era yo en realidad… Esperaba realmente averiguarlo algún día, aunque cada vez me sentía más distante y cada vez las voces en mi cabeza parecían contradecirse más y más. Pero aún no estaba loco y eso era algo demasiado valioso dada la barbarie de putrefacción en la que me veía forzado a pasar mis días y a divagar hasta mi corazón conquistar… No había otra elección, en verdad que no: el suicidio o la resignación total de mi infame y absurda humanidad.
*
Las personas comunes están felices con la vida tal como es: viven fácil y estúpidamente. Aquellos pocos realmente diferentes son quienes en cada despertar encuentran una nueva razón para suicidarse y hacer de sus pensamientos un tormento a fuego lento. Y no es para menos, pues la realidad en sí misma es algo de lo que deberíamos dudar en todo momento. Y ¿por qué no? rechazarla tanto como podamos dada su inmanente insensibilidad y su indiferencia hacia cada uno de nosotros. Pensar por uno mismo, en última instancia, me parece algo de lo cual no cualquiera puede jactarse hoy en día. ¡Quién sabe si nosotros todavía podamos hacer eso! O si ya estamos también tan consumidos por la nauseabunda cotidianidad del día a día que no podemos sentir otra cosa que no sea una profunda y deprimente miseria espiritual. Y creo que ese es, ciertamente, el fatal precio de la supuesta consciencia: sufrir cada vez más y añorar con mayor voluntad la muerte.
*
El amor, la existencia y los sentimientos tornan las almas en débiles títeres; por eso los humanos están destinados a la extinción, por eso nunca conseguirán transmutar su mísera naturaleza en la de una sempiterna deidad. Por el contrario, están y estarán condenados a vagar en esta dimensión hasta que sus cuerpos se pudran y sus almas agonicen en la desdicha del tiempo insustancial. No importa lo que acontezca después, la humanidad no debe permanecer y su extinción debe ser propiciada por quien aspire a la catarsis de destrucción absoluta en cuyas oquedades habrá de reposar lo infinito. El ser no resulta adecuado, no se puede permitir que su inmunda naturaleza prospere o que su aberrante constitución ensucie el límpido futuro donde lo carnal no será sino un espejismo de un pasado insostenible.
***
Obsesión Homicida