Los pequeños desvaríos que en ocasiones se apoderaban de mi cabeza no pudieron evitar que saliera de mi habitación desnudo y gimiendo como si en verdad estuviese loco. ¡Y es que tal vez en verdad lo estaba! ¿Quién podría pensar que no? ¿Acaso no vivía desde hace mucho como un vil suicida y en una impertérrita contradicción conmigo mismo? Mas luego, al llegar hasta ti, mi alma se tiñó del rojo de tu sangre tras haber consumado el ritual sagrado en la noche etérea. Y, sin embargo, al despertar, solo hallé tu cuerpo desmembrado y a una mujer vestida de blanco que me conducía hacia un cuarto con mi nombre. Al parecer, yo estaba en un manicomio… Y, al parecer, tú ya estabas muerta desde hace mucho; aunque, para mí, hacerte el amor seguía siendo, como antes, algo sumamente embriagante.
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¡Cuán aberrante y jodidamente estúpida debe ser la existencia de aquellos seres que, no bastando con lo absurdo de su condición humana, se revuelcan tan gustosamente en su infernal ignorancia sin jamás realizarse cuestionamiento o reflexión alguna! ¡Peor aún, se atreven a esparcir su deplorable esencia de maneras tan inauditas que hasta parece como si se tratara de una enfermedad! ¡Quizás en verdad lo es! Somos una enfermedad incurable, prolongada sin sinsentido y creyéndose algo importante… Es bueno tal vez considerarlo así, pues, al fin y al cabo, ¿quién puede contradecirnos en nuestra fatal mundanidad? Podemos creer lo que se nos venga en gana y hacer de ello una religión, siempre y cuando haya otros tontos dispuestos a aceptar nuestras leyes impuestas. En todo este asunto solo algo huele my mal: la intrascendencia del mono y su brutal deseo por permanecer. Si tan solo añorásemos nuestro propio ocaso, ¡quizás al menos habría algo de interesante y bello en nuestro infernal tormento!
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Lidiar con las personas de este mundo, contrarrestar su imperante imbecilidad e intentar que expandan sus consciencias sería lo equivalente a intentar que un conjunto de puercos o de moscas no se sintieran a gusto en su irremediable cochinero. La humanidad es una errata cósmica, acaso la peor y la más desagradable de todas. Tomarse demasiado en serio algo aquí conlleva únicamente a la insania y el caos interno. Más vale matarse o matar a quienes se atrevan a violar nuestro hermoso aislamiento y sempiterna soledad; ¡todavía no estamos listos para exterminarlos a todos! ¿Qué importa en todo caso esto? Cualquier entidad divina, de existir, ¿se molestaría siquiera ante el supuesto acto más rimbombante en esta putrefacta miseria? También nosotros debemos, así pues, volvernos tremendamente indiferentes a todo aquello que no tenga que ver con nosotros en modo alguno. Esa es la fórmula para centrarse, para lograr un equilibrio entre la vida y la muerte; y, ciertamente, para olvidarse por unos instantes de que nosotros también somos todavía demasiado humanos.
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La muerte de color rojo se hallaba por doquier, podía incluso hasta charlar con ella de vez en cuando o ir a beberme un café con ella. Era tan frecuente para mí su compañía que terminé por olvidarme de un muy importante detalle: solo existía en mi anómala imaginación. Pero sus labios escarlatas y su vagina incandescente me protegían de la terrible realidad humana. Y todo tan solo a cambio de una única cosa: continuar incendiando su rojo mediante el homicidio de aquellos seres que tanto odiaba… ¡No se podrían imaginar mi gran aprobación para tal acuerdo! Sus deseos eran los míos, correspondía absolutamente con los gritos de mi alma y se unificaban en lo divino y lo demoniaco que en mí palpitaba con similar poderío. Yo no podía elegir un sendero, estaba condenado a la incertidumbre más blasfema. Mas ella, mi eterna amante homicida, me había inspirado a permitirme ser yo mismo por breves episodios de esquizofrénica libertad en los cuales la sangre y la muerte lo eran todo más allá del infinito abismo del azar.
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Debo admitir que llegó el punto en que simplemente asesinar personas no me resultaba ya lo suficientemente satisfactorio. Cada vez requería de formas más extravagantes de llevar a cabo mi catártica misión, pues me aburría de todo con facilidad y rapidez inauditas. Había matado gente de todo tipo sin importar sexo, edad, color de piel, raza, religión, condición social, económica o política. Pero cada vez disfrutaba menos de tal acto, hasta me parecía algo ya demasiado banal. Finalmente, creo que he averiguado cuál será mi mayor momento de éxtasis final, aquel que deberá conducirme al placer absoluto y eterno: probar en carne propia la delirante belleza del asesinato que tanto he proporcionado a otros y que solo a mí mismo me he negado durante tanto tiempo. Así, todo habrá terminado. No sé si seré condenado o si habrá algo más después, pero mi estancia en el mundo humano definitivamente no se prolongará. Los errores nacen y mueren siempre así: en la misma mente del observador que, de hecho, termina por ser el observado.
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El Color de la Nada