Capítulo I (EEM)

Melisa, tu prometida, se suicidó ayer por la noche. Supuse que sería algo que querrías saber, pero no sé. Ven pronto, los detalles están en la carta, en caso de que te interese saber…

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Eso fue lo que leí en la pequeña nota al interior del sobre tras abrir la carta que recogí llegando del trabajo. La verdad es que me sentía cansado y no tenía humor para leer cartas sobre personas que se suicidaban, pero, en cierta forma, no pude evitar esbozar una mueca de confusión y, debo confesarlo, satisfacción. Mi habitual indiferencia se vio destrozada ante esta esquela y eso me intrigó. Paulatinamente descubrí el porqué de tal sobresalto, vaya que era rápido en olvidar las cosas… Melisa era la mujer que creía amar hasta hace poco, aquella con quien me casaría y con quien formaría una familia para vivir bajo los estándares de la sociedad. No encontraba ahora razón más disparatada para desternillarme. ¿Se había suicidado la mujer que hasta hace poco tiempo era el amor de mi vida? En todo caso, ¿eso tenía algo que ver conmigo? ¿Debía acaso afectarme de alguna manera? ¿Me dolía siquiera saber su defunción? ¿Qué significaba todo esto para mí? La respuesta a esta y más interrogantes fue un rotundo no. Más aún, obvié lo leído y terminé recostándome en el sillón para tomar el libro que tenía pensado terminar hasta que el crepúsculo estuviera en una fase bastante avanzada. Solamente colegí, antes de enfrascarme en mi lectura, lo que siempre pensaba sobre cualquier cosa absurda que pasaba en mi caótica y carente de sentido existencia: me es indiferente.

En verdad había sido un día agotador. El jefe quiso que lo acompañase a una reunión con los nuevos clientes, puesto que los próximos proyectos tendrán que ver con temas que involucran mi área. Debo decir que estudie matemáticas en una supuesta universidad famosa en la ciudad. Esto, curiosamente, también me resulta insulso. En ocasiones recuerdo la forma estúpida y desquiciada con la que seguía los patrones de la sociedad, cosa que todavía hago, por más que lo evada. En ese entonces tenía sueños de ser un gran científico e investigador, vaya tontería. Me desternillo cada vez que rememoro lo absurdo y patético de tales divagaciones. Indudablemente era yo un capullo, un sujeto infectado de la estulticia global entre los mi edad. Pasó algún tiempo, sin embargo, para que descubriera que el camino académico era tan miserable como lo era la existencia misma de los humanos. Y, como decía, en aquel entonces creía que la ciencia realmente podía usarse para cambiar el mundo y ayudar a los más necesitados. ¿Debo seguir mintiendo? ¡Creo que no! ¿A quién quiero engañar con esas zarandajas? Realmente sentía que, si estudiaba alguna cosa complicada que casi nadie entendiera, podría elevar mi ego y satisfacer mi intrínseco anhelo: ser diferente a los demás monos.

No encuentro, ciertamente, algo más gracioso y estúpido que el orden ficticio que intenta imponer el mono en su delirio y en su jactanciosa cabeza. Solo una cosa es la que siempre ha figurado entre mis principales pensamientos, sino es que ocupando el trono entre ellos: el humano, por más que intente aparentar algo distinto, no está destinado a realizar grandes cosas. Es gracioso, pues siempre las personas terminan enojándose conmigo y tachándome de demente, descorazonado y pesimista irremediable. La verdad es que no soy nada de eso, me considero sencillamente alguien a quien todo le da igual, a quien la existencia le resulta algo odioso, enfermizo e inútil, pero que no encuentra todavía el valor para desaparecer y unirse a la nada. Mis puntos de vista desagradan a la mayoría y he sido rechazado constantemente por un conjunto de seres que todavía no entienden que sus insignificantes acciones en nada cambiarán su miserable existencia. En fin, siempre me pierdo en mi cabeza e interrumpo lo que estoy haciendo, como ahora que he dejado el libro que me había propuesto terminar esta noche.

Y bien, tengo un trabajo como analista de datos, vaya cosa. Para nada es lo que yo quiero hacer en la vida, aunque, ciertamente, no hay nada que quiera hacer, tal vez solo dormir o morir. Estudié matemáticas por razones que ahora me son totalmente ajenas, y, si pudiese elegir de nuevo mi profesión, creo que elegiría no haber nacido. Si pudiese, borraría mi existencia de este mundo para toda la eternidad, pero eso es imposible. Me he obsesionado con tal cuestión, pues considero que, aunque me matase, mi existencia ha quedado definida en cierto momento en el tiempo en que se supone palpita este triste y derruido planeta. Entonces ¿cómo podría desaparecer por completo? ¿Cómo podría ser borrado de la existencia para siempre? Mi recuerdo continuaría en las mentes de aquellos que me conocieron. Más aún, mis acciones, aunque intrascendentes, quedarán para siempre asentadas. De hecho, ya han quedado, pues lo que yo he realizado no puede alterarse ni deshacerse jamás, pues se encuentra en aquel periodo de tiempo conocido como el pasado, al cual la ciencia moderna no ha conseguido aproximarse de manera tangible.

El hecho es que estudié matemáticas, y al final de la carrera todo se tornó en un absoluto, infame y vomitivo calvario. Los profesores me parecieron de lo más banal y mísero, con sus gastadas e insignificantes teorías que no eran sino meras repeticiones de lo que otros sujetos ya habían repetido hasta el cansancio. Y así fue toda mi estancia en la universidad, tan solo una vil acción consagrada plenamente a la repetición de ideas sin cuestionamiento. Lo único bueno de la escuela es que se haya terminado, y ¡pensar que antes quería hacer posgrado, y lo que le sigue! Era, grotescamente, un pobre infeliz; y quizás ahora no sea distinto, pero ya me es indiferente. Por un milagro me titulé tras concluir un infernal seminario donde casi me arranco los ojos con la estupidez de los profesores y mis compañeros. Pero todo eso ha quedado reducido a memorias vagas y absurdas que ahora me causan risa. No sé qué será de mí ni me interesa, no tengo un plan de vida ni tampoco lo quiero. Por ahora trabajo y pago mis gastos, pero no pienso estar mucho tiempo en este mundo. Me enferma la humanidad, especialmente la mía.

Tras haber quedado más que asqueado de la escuela, decidí que tendría que trabajar; de hecho, no tenía opción si quería sobrevivir en este banal mundo materialista y efímero. Y eso es lo que hago: trabajo para mantenerme, para pagar mis gastos sin molestar a los demás y para ser parte de una sociedad que detesto. Esos son los detalles de todo cuanto hago, además de que ocasionalmente voy a correr y, sobre todo, me gusta bastante leer. Por fortuna, mi metabolismo es una maravilla y no requiero de gran actividad física para conservarme delgado, aunque igualmente me sería indiferente si estuviese obeso, pero creo que eso nunca ocurrirá. Entre mis lecturas favoritas se encuentran las novelas de Dostoievski y de Hermann Hesse. También los aforismos de Cioran me parecen bastante peculiares.

A veces también veo algunas series o películas, aunque, en general, no presto mucha atención, pues mi cabeza parece estar siempre desconectada de mi cuerpo, como si viajase por extraños eones del cosmos mientras mi putrefacta forma carnal se encuentra atada a este mundo superfluo. En un tiempo tuve la idea de pintar o escribir, pero no me he animado a emprender tal empresa, quizás algún día lo haga. En mi época adolescente incursioné en el campo de la música, tomando algunas clases de piano y violín, pues me encanta la música clásica, único género que tolero, pero más tarde todo culminó de manera ridícula y desastrosa. Mis padres, creyéndose con el derecho de decidir sobre mi futuro por el simple y casual hecho de haberme engendrado en este mundo al que yo no pedí venir, o así quiero creerlo, se tomaron la desfachatez de alejarme de lo único que he llegado a adorar. Cuando más concentrado estaba y más en serio tomaba mis estudios de música, cuando más progresos había realizado con el violín, el piano y hasta el violoncelo, fue cuando mis entrometidos padres decidieron que estaba descuidando mis acondicionados estudios académicos y se precipitaron cuanto pudieron para presionarme y, al fin, hacer que abandonase la escuela de música. Pienso que, sin su intervención, acaso sería yo ahora un grandioso músico, aunque fuese en los vagones del metro.

Como sea, siempre he pensado, a pesar de mi indiferencia y pesimismo ante la existencia, que existen solamente tres actividades que podrían hacer interesante la vida de un humano: la música, la literatura y el arte. Particularmente adoro la poesía y la filosofía existencialista. Y, en cuanto a la música, me quedo sin palabras al escuchar las aberraciones que hoy en día se hacen llamar con tal término, pero es natural que así sea, pues hoy en día es fácil engañar a personas que han nacido y morirán engañadas. No obstante, no quiero decir que, gracias a la música, el arte y la literatura la existencia humana tenga sentido alguno; eso sería dar mucho crédito a una insignificancia de magnitud megalítica. No, desde luego que no es así, aunque se diga siempre lo contrario. Las personas solo son apariencia hoy en día, hacen todo lo posible por encajar con los patrones que la sociedad dicta y por sentirse parte de algo, aunque ese algo sea absurdo. Pero ¿qué se le va a hacer? Esta es la vida, y, si todo carece de sentido, entonces eso representa, asimismo, una libertad como ninguna otra. El humano se ha limitado a sí mismo imponiéndose religiones, falsos estatutos morales, valores insulsos, reglas y normas bajo las cuáles quiere ordenar un caos infinito.

Yo, por mi parte, no tengo moral en lo absoluto, tampoco valores ni me interesa. Algunas personas dicen que mi corazón es de piedra y que mi sangre es tan gélida como la nieve, pues raramente expreso emociones o sentimientos. No sé si esto, en gran medida, tenga algo que ver con la disociación que siento entre mi cabeza y mi cuerpo, pues todo en mí tiende al racionalismo, y creo que ya no siento nada. No sé si he perdido esa capacidad o si tan solo la he inhibido, posiblemente he pasado tanto tiempo en mi cabeza que me he olvidado de mi cuerpo, pero ¿no es esa la forma de sobrevivir en este mundo absurdo? Como sea, soy un hombre absurdo y no me interesa seguir alguna convención social, religiosa, política, moral, económica, deportiva o de cualquier otra índole. Los humanos me parecen seres viles y asquerosos por naturaleza, pues su constante tendencia a la envidia, la ambición, el poder y lo material los ha reducido a entes de perpetua estupidez y superflua esencia. Pienso que, incluso si este mundo corrompido se limpiase, no serviría de nada, pues el humano volvería a ensuciar ese nuevo mundo con sus locuras y sus nauseabundas concepciones. Por tanto, puedo afirmar, sin temor a equivocarme, que el humano no merece un mundo diferente, que este es precisamente el que debe tener y que morirá bajo las condiciones ominosas que él mismo ha diseñado.

En fin, hoy es un día extraño. No sé por qué he pensado en todas estas banalidades, supongo que es por la ingente cantidad de café que bebí para resistir y así poder culminar el libro que desde hace dos meses no he podido finalizar. De la vida, como comentaba, no tengo grandes expectativas, jamás las tuve. Crecí siendo un niño tímido, callado y detestado; y cuando fui adolescente las cosas no cambiaron. En la universidad tampoco fue diferente. Recuerdo que rara vez entraba a mis clases, prefería aislarme y estudiar por mi cuenta, cosa que a veces molestaba a ciertos profesores puesto que mis notas llegaban a ser más sobresalientes que las de aquellos con asistencia. Nunca he tenido amigos, al menos así lo creo, compañeros tal vez. Lo primero que pienso cuando conozco a alguien, tras mi experiencia conociendo personas, es que, por defecto, debo considerarlo estúpido. Curiosamente, esta percepción casi nunca falla y la he tomado como una constante. Odio conocer personas, esa es la verdad, y lo evito siempre que puedo, sean hombres o mujeres, me es indiferente.

Como sea, desde pequeño fui reservado y me entretenía mirando a los adultos preocuparse por problemas absurdos, como el gasto, los hijos, la renta o el trabajo. No entendía, ni entenderá jamás, por qué las personas tienen hijos. Es una cuestión difícil de responder, aunque creo que todo tiene que ver con su propia imbecilidad. Y ahora que soy adulto miro a los demás, particularmente a la gente anciana, y siento náuseas. Me enferma saber que algún día yo terminaré como ellos, gente sin el más mínimo sentido cuyas vidas han discurrido en la absurdidad de la existencia y en el banal y tedioso ciclo de costumbres y creencias. La gente anciana me parece, sin lugar a duda, la imagen perfecta de una vida condenada a la insignificancia. Nacer, crecer, reproducirse, morir. ¿Qué más hay en la vida de los humanos? Todos afirman que experimentar cosas, aprender, tener hijos, casarse, divertirse… Pero, al final, debemos aceptar que son solo pretextos para matizar la vida de un conglomerado de sentidos que simplemente no tiene. ¿Hasta cuándo aceptarán los humanos que la pseudorealidad en que nos suspendemos no va hacia ninguna parte, que la existencia humana no tiene el más mínimo sentido?

Pero ya es noche, muy noche, casi la una de la mañana. Me hallo en mi habitación, ubicada en un barrio de mala muerte. Antes vivía en un lugar de buena reputación, pero me enloquecía hasta la demencia mirar a aquellas personas estereotipadas pasear a sus repugnantes mascotas y presumir por tener más dinero que el resto de los monos. Y aquí estoy bien, sumido en la desdicha de una vida caótica y sin sentido, en este cuarto hediondo que rento por una cantidad modesta. Por fortuna, no me queda tan lejos del trabajo y eso ayuda, además de que el metro queda cerca. Si algún día me balean antes de llegar a la puerta, ¡qué suerte la mía! Nunca aseo, esa es la verdad, ni me interesa hacerlo. Lo más que hago es llevar mi ropa a la lavandería y barrer ocasionalmente. Me encargo de mi alimentación y de todas mis cosas, fue así como lo quise cuando me fui de la casa de mis padres.

En fin, avancé lo que pude en mi lectura y creo que me resignaré a terminar este libro mañana, pues ahora se me cierran los ojos y mañana será un día pesado. No importa lo que pase, pues sé que, cuando despierte, la pesadilla comenzará de nuevo. Debo admitir que, si antes no me molestaba, ahora se ha convertido en una tragedia: existir me enferma.

Y justamente cuando estaba por acostarme, tras haberme cepillado los dientes y haber preparado mi ropa, tropecé, por desgracia, con la misiva en donde se me notificaba sobre el suicido de mi antigua amante Melisa. ¿Qué hacer? ¿La tiraría así nada más sin esperar encontrar algo sobresaliente? Bueno, abrí el sobre y, antes de arrojarla al basurero, una curiosidad infame se apoderó de mi cordura. No es que me importase lo que había ocurrido con Melisa, como tampoco me importó lo que mis padres sintieran el día que me fui de casa, como tampoco me interesaba entrar a clases o tener amigos, ni mucho menos seguir los patrones y la falsa moral de una raza de humanos cuya principal habilidad era decir estupideces y hacer hasta lo imposible por ser más patéticos cada día. Era solo que, de algún modo, algo en mí me impulsó a leer. Abrí la esquela sin entusiasmo, olvidándome de leer la fecha y todos esos datos molestos. Esto fue lo que encontré en el contenido:

De: Margaret Rochet

Para: Lehnik Belz

Te escribo para darte la fatal noticia, esperando que abandones tu estado de reticencia y que abras los ojos ante la realidad de tu vida. Debes saber, y en verdad me acongoja que intentes hacer como si nada hubiera ocurrido, que, con pesar escribo mientras las lágrimas escurren abundantemente por mis mejillas, Melisa Rochet, mi hermana y tu prometida hasta hace pocas semanas, se suicidó por la madrugada, mientras todos descansábamos en paz y nos preparábamos para un nuevo despertar. Ella se cortó las venas y, por lo que encontramos, tardó mucho en perder la consciencia, por lo cual infiero que debió haber sufrido en demasía. No te culparé ni te ofenderé, pues solo tú sabrás la magnitud de la equivocación que has cometido y la carga que tu consciencia albergará para siempre. Espero, por tu bien, que puedas dormir tranquilo después de esto, aunque más me gustaría que reflexionaras y que corrigieras tu indolente y egoísta actitud y pudieras asistir al funeral de mi hermana y tu anteriormente prometida, que se llevará a cabo el viernes de la semana en curso. Melisa te amaba, siempre lo hizo y murió amándote, aunque a ti en nada te importen sus sentimientos ni los de ninguna otra persona. Su único error fue haber amado a un hombre con corazón de piedra como tú. ¿Es que no lo ves? ¿Acaso piensas estar solo el resto de tus días? ¿No ves que te equivocas con tu actitud sardónica e intransigente? Tienes que cambiar, necesitas ayuda profesional. No sabes cuánto me duele saber que mi hermana se quitó la vida por ti, porque te fuiste así nada más sin saber que ella… que ella estaba esperando un hijo tuyo. Así que piénsalo bien, no solo acabaste con su vida, sino también con la de una criatura inocente. En caso de que esto no sea razón suficiente para que te presentes, ¿qué clase de monstruo eres? ¿Cómo podrás dormir y vivir sabiendo lo que has hecho? Mis padres están destrozados y lo único que piden es verte, que muestres un poco de interés en la mujer que te amo y que murió por ti. Nadie te ofenderá ni te culpará más de lo que dios pueda juzgarte, pues si Melisa cometió tal acción por ti fue su decisión, pero, por favor, ven al funeral, por respeto a la vida misma y al dios que tanto niegas. Melisa murió desangrándose y entre sus manos guardó tu foto y todo lo que le obsequiaste cuando aparentabas quererla. Ella solo tenía un sueño, y era estar por siempre a tu lado, el que hicieras un pequeño espacio en tu ajetreada vida para que ella pudiera hacerte feliz. ¿No te hubiera gustado tener una familia con ella? Piénsalo detenidamente… Bueno, ya solo me queda orar por la salvación de tu alma, para que en el día del juicio final tus pecados sean perdonados.

Pobre Melisa, nunca pensé que la destrozarías de este modo, no cabe duda de que eres un hombre insensible, aciago y, tal vez, el más aberrante de todos.

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¿Qué clase de cosa acababa de leer? ¿Qué era toda esa declaración que se hacía en mi contra para luego fingir perdón y suplicarme por asistir a un funeral? Apenas y podía absorber el contenido de tan aberrante misiva. Lo único que acerté a hacer, sin temor alguno, fue a esbozar una sonrisa. No tenía ya humor para estas banalidades y el cansancio me cerraba los ojos. Así, me acosté un tanto molesto por aquella misiva que había interrumpido mi tranquilidad. Por ahora solo debía dormir, así que me apresuré a colocar el libro sobre el estante y me dirigí a la cama, dispuesto a arrojarme sobre los brazos del olvido absoluto al que tanto me fascinaba entregarme.

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Libro: El Extraño Mental


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