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Manifiesto Pesimista 32

A veces, imbuido de una especie de mística confusión, me preguntaba si en verdad las personas no fingían ser estúpidas por alguna extraña razón que no alcanzaba a dilucidar. No obstante, tras algunos momentos más de observación, no podía llegar a otra conclusión que no fuera la de que tal estado de reverberante estupidez era completamente genuino.

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¡Qué ridículamente molesto resulta ese instante donde lo único que queremos es estar a solas con nuestros pensamientos y entonces aparece de pronto algún supuesto amigo con el ruin y nauseabundo propósito de interrumpir, con sacrílega malicia, nuestra emblemática e inefable soledad!

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¿Qué son nuestros anhelos y metas sino mero reflejo de lo acondicionados que estamos? Y ¿qué son nuestras más íntimas pasiones y voliciones sino miserables cúmulos de intrascendencia cósmica?

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Y así, infinitamente asqueado del bien y del mal, de procrear y matar, de ser bueno y ser malo, de ayudar y hacer daño, de amar y odiar, de maldecir y bendecir, de ser y no ser yo… Así fue como decidí quitarme la vida aquella lluviosa tarde de verano donde mi sangre escurría hasta formar al fin la puerta del más allá.

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No sé lo que me espera del otro lado del umbral, allá donde solo la muerte es dueña del azar; pero sí sé lo que me ha tocado y lo que aún me espera aquí en la vida, y prefiero correr el riesgo de lo incierto antes que permanecer más tiempo en esta abominable y blasfema existencia.

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La filosofía no servía ya de nada, pero la poesía tampoco. ¿Qué eran todas esas palabras y teorías sino patéticos intentos humanos por algo trascendente en el océano de la más sórdida intrascendencia? ¡Solo más mentiras, como siempre! Y la vida, ¡con un demonio! La vida tampoco servía ya de nada, nunca lo hizo. Tan solo quedaba la muerte, pues era la única que aún presentaba ciertos indicios de pureza y verdad.

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Manifiesto Pesimista


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