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El Color de la Nada 21

Había pasado los últimos días tirado en cama, tan solo fumando, embriagándome y consumiendo comida rápida, lo que rápidamente había deteriorado mi estado físico y mental. Pero la verdad es que ya no me importa nada, ya no estaba interesado en la vida. No me importaba lo que ocurriera allá fuera, cuánto tráfico había, cuántas personas se preocupaban por mí o si incluso mi novia esperaba que la llamara esta noche. No, ya nada de eso me concernía, pues mi pesimismo nihilista había finalmente eclipsado mi alma y ya tan solo los asuntos del más allá me seducían.

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Ahora, lo único que quería era quedarme aquí, entre esta pila de basura, de botellas vacías y colillas de cigarro. Quedarme aquí mirando el vacío y pensando demencialmente en la muerte; misma que, dentro de poco, me proponía alcanzar mediante el suicidio. Eso y solo eso me quedaba por hacer tras haber enloquecido debido a la horrible pseudorealidad y a la desesperación de existir. Mi destino no podía ya ser otro y mi tragedia no podía ser más evidente.

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Al fin y al cabo, no importa cuán rotos, hartos o decepcionados estemos de la vida, librarnos de ella siempre será una auténtica odisea; acaso algo casi imposible que solo existe en nuestra depresión suicida. ¿Hasta cuándo tendremos el valor suficiente para detener esta falacia carnal? ¿Hasta cuando nuestras deterioradas y punzantes almas tendrán que soportar este infinito malestar existencial?

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La felicidad no es otra cosa sino el estado de máximo autoengaño al que puede aspirar el ser; algo así como un estado de avanzada esquizofrenia.

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Lo verdaderamente intolerable ya ni siquiera era estar con personas; no, eso incluso podía soportarlo bajo determinadas circunstancias. Lo que me desquiciaba y me desalentaba era otra cosa mucho peor, mucho más trágica y deprimente: estar conmigo mismo por un largo periodo.

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El Color de la Nada


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